Zama

zama.jpg

Lucrecia Martel es sin duda una de las más brillantes directoras de su generación, la cual incluye nombres tan notables como el de su compatriota Lisandro Alonso, o los mexicanos Carlos Reygadas y Amat Escalante, así como también Claudia Llosa, entre varios otros. Ellos han implantado un estilo de filmar que caracteriza a buena parte del cine latinoamericano de autor desde la última década del siglo pasado. Son relatos con conexiones causales distendidas, centradas en el transcurrir más que en el concatenarse, que piden percibir tanto como entender. Después de La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza, y luego de un silencio de 9 años, nos entrega esta película, basada en la novela más importante de Antonio Di Benedetto, y cuya producción logró el épico esfuerzo de reunir a 16 compañías productoras independientes, incluyendo El Deseo, de los hermanos Almodóvar (lo cual la sacó de Cannes, pues Pedro fue jurado el 2017). Luego de exhibirse en Venecia (extrañamente fuera de concurso) y recoger la admiración de la crítica internacional, se estrenó en Argentina y logró la respetable cifra de 80 000 espectadores (¿Alguien sabe cuánto tuvo Aloft en nuestro país?).  Finalmente, para templar nuestro verano, se estrena en el Perú a comienzos del 2018, y, aunque sería imposible augurarle más de una semana, hay que celebrar su estreno comercial.

Zama es una película sobre la espera, que es por cierto, la actividad más cinematográfica, pues es lo que debe hacer la mayor parte del tiempo un director de cine. No han faltado las analogías entre Martel y su protagonista, especialmente por el tiempo transcurrido y por el fracaso de un proyecto previo, una adaptación de El Eternauta, novela gráfica de culto en Argentina.

Diego de Zama es el asesor letrado del gobernador en una colonia paraguaya del siglo XVIII. No tiene mucho que hacer allí, excepto esperar. ¿Qué espera? Una carta del rey que ordene su traslado a la ciudad de Lerma, en España, donde dejó a su familia. Con todas sus expectativas puestas en salir del lugar donde se encuentra, se parece a los peces que acompañan a los créditos iniciales de la película (que vienen después de varias escenas). Peces, se dice, empeñados en permanecer en la corriente que los expulsa, y por eso viven en las orillas. Zama es, por supuesto, la figura simétricamente inversa: el que se esfuerza por salir de un lugar que lo retiene. En vez de adaptarse al ambiente, se resiste a él. Carece pues de flexibilidad, y esa rigidez está indudablemente ligada a las políticas de la identidad. La trampa de la identidad, esa locura por ser alguien, el reconocimiento con el que la sociedad debe retribuir  de alguna manera (en este caso mediante el traslado). El único reconocimiento que obtiene Zama, que linda mas con la ironía sarcástica que con una verdad de leyenda,  es el de un niño oriental que viaja en una silla atada a las espaldas de un esclavo: “Don Diego de Zama, el que hizo justicia sin emplear la espada, un hombre de derecho, un juez, un hombre sin miedo”. Esa locura por ser alguien en una tierra que parece no reconocerlo.

El resultado de esta actitud es la decadencia. Mientras espera, Zama va perdiendo sus batallas. Se enfrasca en una riña en buena parte provocada por un irreverente colega suyo, y el gobernador decide “castigar” a su colega “deportándolo” precisamente a la ciudad que él ansiaba. Descubre que la dama española que frecuenta, y que alienta tanto como refrena sus avances, ya tenía intimidad con su rival. El gobernador lo expulsa de su cómoda residencia, retiene muchos de sus muebles y lo obliga a irse a una pensión de las afueras que él mismo, en su primera impresión, califica de pocilga. Como su identidad, sus posesiones son ilusorias. Incluso, la mujer india con la que tiene un hijo se niega a lavar sus camisas y le cobra por la comida que le prepara. Al final, como último recurso, se embarca en una expedición riesgosa y delirante, lo que cambia bastante el tono de la película en sus últimos 20 minutos.

Guy Lodge, de Variety, llama a Zama una “distopía colonial” y no le falta razón. Además de lo mencionado, la película muestra la sutil violencia del colonialismo. Los esclavos están allí, en su cotidianeidad, como parte del decorado, por ejemplo, en la casa de la dama española interpretada por Lola Dueñas. Don Diego no es ajeno a este sistema: admite que no se anima a “servirse” unas “mulatillas” porque no le gustan las negras; y, en otra escena, no contiene su mano cuando una de ellas lo incomoda. Por otro lado, esta civilización colonial parece frágil y endeble ante una naturaleza que se impone a los designios de los hombres. El paisaje de Zama no es inhóspito sino bello, colorido y lleno de una vida que irrumpe en las casas de la gobernación, como en  la escena de las termitas horadando el muro. Asimismo, la presencia de la llama y el caballo apoderándose de la cámara, mirando como testigos del fracaso y decadencia de Zama.

La última secuencia de la película, la expedición en busca del mítico bandido Vicuña Porto, es febril y se emparenta con la última parte de Apocalypsis Now. La sorpresiva revelación del bandido, los indios ciegos que caminan en la oscuridad y los indios pintados de rojo que capturan a los soldados son el preámbulo a un cierre de una violencia brutal pero que desemboca en una paradójica calma, que ya no tiene que ver con el tedio sino con la conservación de la vida. Una vez lejos los imperativos sociales y las presunciones de la identidad, la vida brota, incipiente, pero pura y persistente.

Anuncios
Publicado en Cine | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Lo and Behold

lo and behold

¿Alguien sabe cuándo y dónde nació Internet? Fue en 1969, en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Esa fue la primera vez que dos computadoras, una situada en el campus, y otra en Stanford, a más de 500 km. de distancia, lograron conectarse. Fue una conexión fugaz. El objetivo era simplemente establecer la conexión, lo que en la fea jerga de los informáticos de hoy se suele llamar “loguearse”. Para hacerlo se necesitaba transmitir solamente 3 letras: L-O-G. Sin embargo, después de la segunda letra, la conexión se cortó, inagurando, simultáneamente con su establecimiento, la primera caída de la red. De modo que el primer mensaje transmitido por Internet fue este: LO. Y Leonard Kleinrock, uno de los científicos involucrados en este esfuerzo, recuerda una vieja expresión del inglés del siglo XVIII usada para expresar sorpresa: Lo and Behold!. De modo que Internet nace con la sorpresa, y no ha dejado de sorprendernos hasta el día de hoy.

Así comienza Lo and Behold. Reveries of the connected world, el (pen)último documental de Werner Herzog. Herzog tiene una larga y sólida trayectoria como documentalista, con algunas obras maestras como Grizzly Man (2005) y Encuentros en el fin del mundo (2007). Estos, como muchos de sus otros documentales, se caracterizan por internarse en territorios inhóspitos y lejanos, ya sea el polo norte, el desierto, la cima de una montaña, o las profundidades de una caverna. El director ha declarado varias veces estar en búsqueda de imágenes inéditas, lejanas de las imágenes gastadas que nos ofrecen todos los días la televisión y la publicidad. Quizás por esto es conocido en el mundo del cine como una especie de “ludita” (Luddite, en inglés), es decir alguien que tiene cierta aversión por la tecnología. Herzog no tiene cuenta en ninguna red social (afirma que su red social es la mesa de la cocina, con espacio para 6 personas), no usa celular excepto cuando está en un rodaje. Es pues insólito que haya aceptado el encargo de explorar, en lugar de una tierra infranqueable, el mundo de la interconectividad en la que todos hoy vivimos. Al mismo tiempo es afortunado, pues su perspectiva externa hace que descubramos de una forma totalmente nueva aquello en lo cual andamos inmersos. Herzog se interna en el territorio de la red global como en la selva amazónica o en el pozo de un volcán: lleno de fascinación y de terror.

El documental está dividido en 10 capítulos que marcan una pauta casi musical, con giros y contrapuntos. Luego de un breve paseo nostálgico por los años tempranos cuando todas las personas que usaban internet en el mundo podían ser listados en una suerte de guía telefónica, con sus direcciones electrónicas al lado de las reales, Herzog pasa a explorar las fascinantes posibilidades que en el futuro puede permitir la conectividad y que ya se están desplegando ahora; así como también, el lado oscuro y siniestro que ha desplegado la red.

Por un lado, la enorme transformación que ha significado en nuestras vidas la aparición de la red global puede ser solo el principio de una serie de cambios por venir que aún suscitan nuestro asombro. Uno de esos campos es el de la robótica. Aunque esta ciencia tiene una historia de más de medio siglo, y en el documental no queda claro cuál sería la relación entre internet y los actuales desarrollos de la robótica, no deja de ser interesante observar a robots tan variados como los que presenta Herzog. Por ejemplo, un “chimpancé” capaz de ejecutar algunas tareas simples como abrir puertas y válvulas, y que podrías ser usado para ingresar en lugares riesgosos para el ser humano, como una central nuclear. También hay un equipo de robots que juegan fulbito de mesa, son campeones de la RoboCup, y tienen su estrella, el robot 8, a quien su creador compara con Messi y Ronaldo. Otro campo es el de los automóviles autoconducidos, que ya tienen un gran nivel de desarrollo y participan en carreras. Las preguntas que surgen son éticas: ¿Quién sería responsable en caso de un accidente? La colonización de Marte, viejo sueño futurista, se vuelve a poner sobre el tapete de la mano nada menos que de Elon Musk, el creador de Paypal y pionero de los autos eléctricos, que con SpaceX ya ha empezado a producir cohetes, con el objetivo de crear en Marte un invernadero y una colonia, con interconexión de internet con la tierra, para que sus habitantes puedan enterarse del resultado de la Serie Mundial. El concepto de “Internet del yo”, que permitiría, solo con el pensamiento y sin realizar ninguna acción manual, escribir mensajes de texto, regular la temperatura de una habitación, poner música y operar los artefactos domésticos, está respaldado por los avances de la neurociencia.

Por otro lado, Internet también sirve para que se manifiesten los aspectos más oscuros de la psicología humana, tanto a nivel individual como de los Estados. Una familia norteamericana, cuya hija perdió la vida en un accidente automovilístico, recibió correos electrónicos anónimos con fotografías de la cabeza desmembrada, detalle que los médicos forenses habían tenido la discreción de ocultar a la familia. La madre califica a Internet como la expresión del Anticristo. En un país repleto de adictos y clínicas de rehabilitación, no podían faltar los adictos a la internet, o más exactamente, a los videojuegos en línea, que cuentan historias de horror sobre cómo su vida se redujo a jugar, dormir y emborracharse, sacrificando trabajo, pareja y familia e incluso, en un caso mencionado indirectamente, comprometiendo la vida de un bebé. Más extraño es el caso de las personas que son afectadas por las ondas electromagnéticas y se ven obligadas a vivir, sino en una jaula de Faraday, en los poquísimos lugares de EE. UU. donde no hay señal de celulares ni internet. Aquí conviven junto a los astrónomos que operan los radiotelescopios, que buscan recoger señales del universo más distante, débiles señales intergalácticas que corren el riesgo de ser acalladas por el espectro eletromagnético. Los exiliados de la red se reúnen por las tardes a tocar música country. Desde las revelaciones de Julian Assange, sino antes, es sabido que los Estados, incluso los democráticos, espían a sus ciudadanos y que nuestra huella digital nos hace vulnerables. Un reticente militar dedicado a temas de ciberseguridad declara que estamos en una guerra virtual de la que ni siquiera nos hemos percatado. Los hackers son los héroes y villanos a la vez en este conflicto y uno de ellos explica cómo hasta el más sofisticado sistema de seguridad es vulnerable al error humano. ¿Qué pasaría si un día colapsara todo el sistema de internet en mundo? Algo que perfectamente podría ocurrir debido a una explosión solar, evento que se repite con relativa frecuencia en términos astronómicos. La última de gran magnitud ocurrió en el siglo XIX y afectó toda la telegrafía, el sistema más avanzado por entonces. Nos hemos acostumbrado a confiar tanto en la red, para absolutamente todo, que se estima que su interrupción total y abrupta provocaría cientos de miles o millones de víctimas reales.

Esas son algunas de las apasionantes historias que desarrolla este documental. Parte de su fuerza radica en que Herzog, en lugar de interesarse por los detalles tecnológicos, busca siempre el lado metafísico, lanza preguntas “incorrectas” e impensadas y nos deja aún más sorprendidos con las respuestas: “¿Crees que estos robots podrían competir con la selección brasilera de fútbol?” Resulta que ese es precisamente el objetivo de estos ingenieros para el 2050. “¿Crees que la Internet puede soñar consigo misma?” Neurocientíficos, astrónomos e informáticos toman en serio la pregunta y sorprenden con las respuestas.

La nueva jungla ya no es ni siquiera de asfalto, sino virtual, y sus fieras son robots y hackers. ¿Quién mejor que el intrépido soldado del cine para guiarnos por ella?

Publicado en Cine | Etiquetado , , , | Deja un comentario

La hora final

noticia-cine

La Hora Final era, sin duda, uno de los estrenos más esperados del año, y el público la ha recibido bien, tanto que tuvieron que aumentar las salas de 25 hasta 100. Una excelente campaña de marketing y un público que demuestra, para todos los que ahora invocan a la juventud a ver el film, que en efecto, sí le interesan las películas sobre la violencia política especialmente si están presentadas en un formato atractivo, como el thriller. Será que los jóvenes han prestado oído a los comunicadores sociales, o que no necesitan de admoniciones para interesarse en ello.

En cuanto a la crítica, ha estado dividida, con algunos nombres representativos notoriamente en contra, pero también a favor. Uno de los puntos de discusión ha sido la existencia de las subtramas en la historia. Como todos saben, el eje central de la película trata sobre el GEIN y la captura de Abimael Guzmán en 1992. Pero, ademas de ello, la película inserta varias tramas secundarias. La primera de ellas es la relación sentimental entre los agentes Carlos Zambrano y Gabriela Coronado, interpretados por Pietro Sibille y Nidia Bermejo. Las dos siguientes son las relaciones de cada uno de ellos con un miembro de su familia: el hijo (y la exposa) de Zambrano, el hermano de Gabriela. Adicionalmente, hay una cuarta subtrama sobre los intentos del SIN de Montesinos de infiltrar y neutralizar la labor del GEIN o de alguno de sus agentes.

Para Ricardo Bedoya, debió simplemente prescindirse de tales subtramas y atenerse a la línea central:

Lástima que “La hora final” no se haya decidido a seguir la ruta trazada en sus primeros minutos. Es decir, la del thriller de pesquisa, armado con los ingredientes esenciales de la trama (Páginas del diario de Satán)

Otros críticos coinciden en que determinadas subtramas no funcionan. Pero, independientemente de si funcionan mejor o peor (provisionalmente, yo creo que sí funcionan en su mayoría), a nadie se le ha ocurrido preguntarse porqué existen tales subtramas, qué función pueden estar cumpliendo en la película (la excepción es Alfredo Quintanilla, que sí ensaya algunas respuestas). Esa es la pregunta que quisiera responder. Y la respuesta es esta: Eduardo Mendoza no se plantea un thriller hecho y derecho porque no le interesa solamente aprovechar la historia, sino decir algo sobre la época de la violencia política, ofrecer un retrato y una síntesis de lo que significó para los peruanos, ya que la captura de Guzmán es el punto de inflexión -y de condensación- de una larga y dolorosa época. De las muchas películas que han abordado el tema, algunas han demostrado no tener absolutamente nada que decir al respecto, como Avenida Larco; otras asumen la voz de la historia oficial, como La última noticia, y otras ensayan una perspectiva más crítica y profunda, como La última tarde; todas comentadas en este blog. ¿Cuál es la propuesta de Eduardo Mendoza? La respuesta está en las subtramas.

La relación de Zambrano y Gabriela es la subtrama estándar que cualquier director hubiera podido incluir, porque sirve para darle grosor a los personajes, para distinguirlos del resto del grupo y así permitir una identificación más cercana de parte del espectador. Es la que funciona mejor, y varios críticos han destacado la creatividad del director en la escena de pasión, filmada en siluetas y en medio de uno de los apagones que asolaba a la ciudad en esos años. La violencia de Sendero es la ocupación diurna de los agentes, y un sombrío aliado nocturno que favorece sus arrebatos. Es lo que los rodea y acompaña cada uno de sus actos.

La relación entre Zamora y su hijo adolescente, además de agregar otra faceta y otorgar mayor complejidad al protagonista (su decisión de contarle detalles de una operación secreta y estratégica para ganarse su confianza e interés parece moralmente cuestionable, por decir lo menos), sirve para presentar la reacción histérica de la alta burguesía peruana, únicamente interesada en liar sus bártulos y salir cuanto antes de un país que parecía caerse a pedazos. La insistencia de la exesposa (Katherina D’Onofrio) en viajar al extranjero y llevarse a su hijo es una rápida pincelada que recuerda la desesperación y el descompromiso que entonces imperaban en quienes tenían más posibilidades.

Por otra parte, la relación de Gabriela y su hermano Fidel tiene, para empezar, una función narrativa importante, la de crear un “punto ciego”, como dice Quintanilla:

Esa ambigüedad emocional de Gabriela frente a su hermano y frente a la policía –esa reserva, esa parquedad y frialdad duplicada en la del hermano que Pimentel se equivoca al ver acartonamiento- es un buen punto de partida del drama pero hay que admitir también que su desenlace dejó sin punto ciego a la historia. Punto ciego que es la fórmula del éxito de las obras maestras, al decir de Javier Cercas, y que en este caso la ambigüedad encubre y podría formularse de la siguiente manera ¿era Gabriela una policía sincera o más bien una infiltrada del senderismo?

La pregunta contribuye a mantener el suspenso y permitiría una vuelta de tuerca de 180∞ que al final no llega a ocurrir. En términos ideológicos, la subtrama sirve para mirar a los ojos al enemigo, al senderista. Parecería rara una película que quiera dar una imagen global del conflicto y que no presente a uno de los actores. Porque los otros senderistas, los visitantes y habitantes de las casas que vigilan los agentes del GEIN, los famosos, como Abimael, Elena Iparraguirre, Maritza Garrido Lecca y Carlos Incháustegui son solo figuras, eso sí compuestas con un sorprendente parecido a los modelos originales, pero sin que podamos atisbar en lo más mínimo su personalidad o forma de pensar. En cambio, Fidel nos hace entender que el Otro no es distinto a nosotros, que en Ayacucho terminar en uno u otro bando era más una cuestión de azar que de corrección moral o política, que aunque Fidel está claramente del lado incorrecto y nunca llega a justificar sus acciones con algo más que unas cuantas frases de cliché, parece razonable que Gabriela quiera protegerlo, por el hecho de ser su hermano y por tanto parte de una misma familia (país). Nelson Manrique ha celebrado que la película se aparte de la presentación unidimensional, ontológica y inmodificable del “terrorista”, y los comentadores de la derecha reaccionaria condenan precisamente que la película presente algo más que monigotes desbordantes de odio, y la acusa de ser “peligrosamente complaciente con el grupo terrorista Sendero Luminoso”. Lejos de la menor complacencia, la película deja en claro que hay límites que no se pueden traspasar, acciones que no se pueden perdonar y a ello se debe el desenlace de esta historia en particular.

La última subtrama, la de los agentes del SIN, es sin duda la más floja y la que más inverosimilitudes genera en la película, como la varias veces criticada fuga de los calabozos que, dice un crítico, parece inspirada en Misión Imposible, dentro de una película con un código realista tan cuidadoso que consideraron necesario filmar en la misma casa en que ocurrió la captura de Guzmán. De acuerdo, pero esta subtrama tiene, pese a sus falencias, una función. La función de plantear su agenda política. La investigación de la película se basó, principalmente, en entrevistas con diversos miembros del GEIN y recoge su versión de los hechos. Desde este punto de vista, no solamente Fujimori y Montesinos fueron completamente ajenos a la operación de captura, y siempre prefirieron la violencia a la inteligencia en la lucha contrasubversiva (todo esto ha sido probado con largueza, y habría que recordarlo siempre al evaluar los “grandes méritos” del fujimorato) sino que, además interfirieron directa e indirectamente en su labor. Ketín Vidal, el jefe de la DIRCOTE, otro de los héroes de la historia, que logró mantenerse a salvo de la caída del régimen, y que fue el primero en conversar con Guzmán al momento de su captura, aparece aquí como parte del siniestro complot y como servidor del invisible Montesinos. En todo caso, los agentes del SIN sirven para recordar los métodos abusivos de gran parte de las fuerzas del orden, que además se podían dirigir contra cualquiera por tener, por ejemplo, un familiar “terrorista”.

En suma, La hora final es un thriller más o menos efectivo, pero que intenta brindar una visión global de lo que estaba en juego al momento de la captura del líder de Sendero Luminoso. Ya versado en manejar varias líneas argumentativas con El evangelio de la carne, Mendoza no entiende del todo que esta es otra estructura, y que la multiplicación de las subtramas debilita el tempo del thriller. Lo que se gana, sin embargo, es la presentación de un fenómeno mutifacético que todavía nos brindará, seguramente, varias películas más. Estaremos atentos.

Rating: 3.5/5

 

 

 

Publicado en Cine | Etiquetado , | Deja un comentario

Nolan, Netflix y el héroe impensado

nolan netflix 2

Jorge Luis Ortiz Delgado

Centro de Estudios Liberales

 

Si Christopher Nolan dirigiera algún festival de cine en donde se presentasen producciones de Netflix, estrenadas en dicha plataforma, el prestigioso director (llamado por la crítica como “el nuevo Kubrick”), no aceptaría su inscripción porque según su concepto cinematográfico, no las considera películas: “¿A quién le importa Netflix? No creo que afecte a nada, no es más que una moda, una tormenta en una taza de té. Lo que ha definido siempre una película es que se vea en un cine. Ni más ni menos. Así que el hecho de que Netflix esté haciendo películas para televisión y que compitan en los Oscar o en el Festival de Cannes sólo significa que utiliza el cine como un arma de promoción. Si yo dirigiera un festival de cine no las aceptaría porque no son películas”.

Burkhard Voiges, un amante del séptimo arte, ha alimentado su afición a tal punto que ha invertido alrededor de un millón y medio de euros de su peculio en el diseño de tres pequeñas, elegantes y cómodas salas de cine, con proyección digital para que los cinéfilos, atraídos últimamente por la competencia vía streaming, puedan disfrutar de la pasión que él mismo promueve, fuera de sus hogares: “Para mí Netflix es más un reto que un competidor. Aquí se viven las películas de otra manera. La sala de cine es un espacio que la gente comparte para disfrutar de un filme que les emociona. Y esa es nuestra ventaja. Aquí hay comunicación entre los espectadores.  Eso es lo que tenemos que fomentar”.

Voiges ha acondicionado el cine Eiszeit de Berlín con un bar y un restaurante para que los espectadores puedan compartir, luego de ver una película, momentos adicionales de plática, en donde, por cierto, pagarán algunos euros más por el consumo. Por supuesto que el factor de diferenciación de estas salas radica en ofrecer películas de autor, es decir, producciones alejadas de la cartelera comercial de las grandes cadenas. Muy pronto, como se dio a conocer en un reportaje que la DW le hizo a esta iniciativa audiovisual, cada una de estas salas tendrá un perfil de proyección especializada que permitirá definir y aprovechar las ventajas de la segmentación de mercado: sala de documentales, sala de cine latinoamericano y más.

Nolan y Voiges son dos afanosos soldados entregados a la causa de la filmografía. Quizá pocos como ellos viven de manera única la proyección de una película rodeados de ese clima especial que sólo una sala oscura de cine propone. Sin embargo, su respuesta ante la competencia y las nuevas tecnologías los distancia: Nolan escoge el camino de la aniquilación o la rendición, como algunos de sus más sombríos personajes, y Voiges se encumbra como el héroe impensado que mantiene viva la centenaria llama del cine, conciliándose con la modernidad.

Publicado en Cine | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Veganos y cristianos

veganos cristianos

Debo confesar que no soy muy amigo de los vegetarianos. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no pueda tener amigos vegetarianos, que, de hecho, los tengo. Pero sí evito hablar sobre comida con ellos, como evito hablar de política con mis amigos y parientes fujimoristas. Lo que me incomoda no son sus elecciones alimenticias, sino su “rollo”, su afán proselitista del que hablaba García Márquez. Desde la época en que GGM escribió esto, los vegetarianos se han multiplicado enormemente e incluso ha surgido una tendencia, relativamente reciente, de vegetarianismo más radical y proselitista: los veganos. Para quien no lo sepa, un vegano es alguien que, además de rehusar la carne, rehúsa también cualquier producto de origen animal, como los huevos y la leche. Pero, en realidad, es más que eso. Un vegano es un vegetariano con esteroides, un vegetariano inflamado, siempre listo a levantar sus banderas en favor de la salud y la limpieza del cuerpo y/o en contra de la crueldad animal.

Como dicen, cada loco con su tema. Pero hay una tendencia dentro de la comida vegetariana (que por lo demás, sí puede ser variada y sabrosa, yo no practico la exclusión, sino la inclusión gastronómica) que me parece particularmente absurda y por ello me interesa comentarla. Es la obsesión vegetariana por la carne. Sí, por la carne. En muchos restaurantes y menús vegetarianos se ofrecen platos y productos aparentemente carnívoros: hamburguesas, tallarines a la bolognesa, lomo saltado, hasta parrilladas. El sobrentendido es que esos potajes están elaborados con esa pasta blanda y desabrida que se ha dado en llamar “carne” de soya. Y en países en donde la cultura vegana está más extendida, también están disponibles la “leche” de almendras y los “huevos” de algas. Tal parece que los vegetarianos y veganos están orgullosos de demostrarnos que ellos no se privan de nada, que pueden comer exactamente las mismas cosas que cualquier omnívoro. Y es ahí, en esta obsesión mimética, donde resalta precisamente su flaqueza. Porque nunca se extraña más la carne que cuando se mastica la carne de soya, nunca se añora más la leche que cuando se ingiere un vaso de leche del mismo producto. Mientras que una tortilla de patatas o unos champiñones a la parrilla son platos capaces de complacer a cualquier paladar, una hamburguesa vegetariana está hecha solo para vegetarianos, para consolar a quienes por razones médicas deben privarse de los productos originales, o para reforzar la autoestima de quienes por razones ideológicas rechazan los mismos.

Hace poco asistí a una boda cristiana y pude observar el mismo fenómeno. Para los cristianos el producto proscrito y tóxico no es, por cierto, la carne (aunque hay algunas corrientes que la emprenden contra el cerdo, siguiendo las prescripciones del Levítico), sino el alcohol. Y nuevamente sale a relucir el mimetismo, en este caso, de los usos paganos. Cocteles de algarrobina, daiquiris de fresa y de durazno, hasta machu picchu, todos con los mismos colores y formas de cualquier matrimonio católico (porque los católicos, a diferencia de los autodenominados “cristianos” sí tienen permitido consumir alcohol, se supone que con moderación). En vez de ofrecer sustanciosos batidos o creativas combinaciones de frutas como sería propio de una juguería, se esfuerzan por replicar en todo lo posible las bebidas originales, con el predecible efecto de que, como dice la frase común, el alcohol brilla, más que nunca, por su ausencia. En los países “desarrollados” se ofrece, para este público, o cualquier otro que por razones médicas, ideológicas o de edad, no pueda consumir licor, cerveza y vino sin alcohol, que son las bebidas más insípidas y tristes que puedan existir.

Quizás veganos y cristianos debían entender que una restricción puede ser, paradójicamente, una ampliación de las posibilidades expresivas. En arte es un principio conocido que una limitación formal (por ejemplo, la métrica y la rima en la poesía; o la ausencia de color en la fotografía y el cine) puede producir resultados más sutiles y elaborados que cuando la libertad de expresión es absoluta. Liberar las posibilidades de procesamiento y combinación de los vegetales y frutas, que en un plato carnívoro siempre tienen un rol subordinado de “acompañamiento”, darles verdadero protagonismo, es más interesante que imitar los platos en los cuales la carne es, por algo, el ingrediente principal. Hay comida vegetariana -y vegana- que hace justamente esto, y es aquella que puede resultar más atractiva para paladares no militantes, pero interesados en probar nuevos sabores. Como hay deliciosas bebidas a las que nunca se nos ocurriría añadirle alcohol. Si uno considera que lo que hacen otros es incorrecto, insalubre o dañino, ¿para qué imitarlos?

Publicado en Discusión | Etiquetado , , , , | Deja un comentario