La hora final

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La Hora Final era, sin duda, uno de los estrenos más esperados del año, y el público la ha recibido bien, tanto que tuvieron que aumentar las salas de 25 hasta 100. Una excelente campaña de marketing y un público que demuestra, para todos los que ahora invocan a la juventud a ver el film, que en efecto, sí le interesan las películas sobre la violencia política especialmente si están presentadas en un formato atractivo, como el thriller. Será que los jóvenes han prestado oído a los comunicadores sociales, o que no necesitan de admoniciones para interesarse en ello.

En cuanto a la crítica, ha estado dividida, con algunos nombres representativos notoriamente en contra, pero también a favor. Uno de los puntos de discusión ha sido la existencia de las subtramas en la historia. Como todos saben, el eje central de la película trata sobre el GEIN y la captura de Abimael Guzmán en 1992. Pero, ademas de ello, la película inserta varias tramas secundarias. La primera de ellas es la relación sentimental entre los agentes Carlos Zambrano y Gabriela Coronado, interpretados por Pietro Sibille y Nidia Bermejo. Las dos siguientes son las relaciones de cada uno de ellos con un miembro de su familia: el hijo (y la exposa) de Zambrano, el hermano de Gabriela. Adicionalmente, hay una cuarta subtrama sobre los intentos del SIN de Montesinos de infiltrar y neutralizar la labor del GEIN o de alguno de sus agentes.

Para Ricardo Bedoya, debió simplemente prescindirse de tales subtramas y atenerse a la línea central:

Lástima que “La hora final” no se haya decidido a seguir la ruta trazada en sus primeros minutos. Es decir, la del thriller de pesquisa, armado con los ingredientes esenciales de la trama (Páginas del diario de Satán)

Otros críticos coinciden en que determinadas subtramas no funcionan. Pero, independientemente de si funcionan mejor o peor (provisionalmente, yo creo que sí funcionan en su mayoría), a nadie se le ha ocurrido preguntarse porqué existen tales subtramas, qué función pueden estar cumpliendo en la película (la excepción es Alfredo Quintanilla, que sí ensaya algunas respuestas). Esa es la pregunta que quisiera responder. Y la respuesta es esta: Eduardo Mendoza no se plantea un thriller hecho y derecho porque no le interesa solamente aprovechar la historia, sino decir algo sobre la época de la violencia política, ofrecer un retrato y una síntesis de lo que significó para los peruanos, ya que la captura de Guzmán es el punto de inflexión -y de condensación- de una larga y dolorosa época. De las muchas películas que han abordado el tema, algunas han demostrado no tener absolutamente nada que decir al respecto, como Avenida Larco; otras asumen la voz de la historia oficial, como La última noticia, y otras ensayan una perspectiva más crítica y profunda, como La última tarde; todas comentadas en este blog. ¿Cuál es la propuesta de Eduardo Mendoza? La respuesta está en las subtramas.

La relación de Zambrano y Gabriela es la subtrama estándar que cualquier director hubiera podido incluir, porque sirve para darle grosor a los personajes, para distinguirlos del resto del grupo y así permitir una identificación más cercana de parte del espectador. Es la que funciona mejor, y varios críticos han destacado la creatividad del director en la escena de pasión, filmada en siluetas y en medio de uno de los apagones que asolaba a la ciudad en esos años. La violencia de Sendero es la ocupación diurna de los agentes, y un sombrío aliado nocturno que favorece sus arrebatos. Es lo que los rodea y acompaña cada uno de sus actos.

La relación entre Zamora y su hijo adolescente, además de agregar otra faceta y otorgar mayor complejidad al protagonista (su decisión de contarle detalles de una operación secreta y estratégica para ganarse su confianza e interés parece moralmente cuestionable, por decir lo menos), sirve para presentar la reacción histérica de la alta burguesía peruana, únicamente interesada en liar sus bártulos y salir cuanto antes de un país que parecía caerse a pedazos. La insistencia de la exesposa (Katherina D’Onofrio) en viajar al extranjero y llevarse a su hijo es una rápida pincelada que recuerda la desesperación y el descompromiso que entonces imperaban en quienes tenían más posibilidades.

Por otra parte, la relación de Gabriela y su hermano Fidel tiene, para empezar, una función narrativa importante, la de crear un “punto ciego”, como dice Quintanilla:

Esa ambigüedad emocional de Gabriela frente a su hermano y frente a la policía –esa reserva, esa parquedad y frialdad duplicada en la del hermano que Pimentel se equivoca al ver acartonamiento- es un buen punto de partida del drama pero hay que admitir también que su desenlace dejó sin punto ciego a la historia. Punto ciego que es la fórmula del éxito de las obras maestras, al decir de Javier Cercas, y que en este caso la ambigüedad encubre y podría formularse de la siguiente manera ¿era Gabriela una policía sincera o más bien una infiltrada del senderismo?

La pregunta contribuye a mantener el suspenso y permitiría una vuelta de tuerca de 180∞ que al final no llega a ocurrir. En términos ideológicos, la subtrama sirve para mirar a los ojos al enemigo, al senderista. Parecería rara una película que quiera dar una imagen global del conflicto y que no presente a uno de los actores. Porque los otros senderistas, los visitantes y habitantes de las casas que vigilan los agentes del GEIN, los famosos, como Abimael, Elena Iparraguirre, Maritza Garrido Lecca y Carlos Incháustegui son solo figuras, eso sí compuestas con un sorprendente parecido a los modelos originales, pero sin que podamos atisbar en lo más mínimo su personalidad o forma de pensar. En cambio, Fidel nos hace entender que el Otro no es distinto a nosotros, que en Ayacucho terminar en uno u otro bando era más una cuestión de azar que de corrección moral o política, que aunque Fidel está claramente del lado incorrecto y nunca llega a justificar sus acciones con algo más que unas cuantas frases de cliché, parece razonable que Gabriela quiera protegerlo, por el hecho de ser su hermano y por tanto parte de una misma familia (país). Nelson Manrique ha celebrado que la película se aparte de la presentación unidimensional, ontológica y inmodificable del “terrorista”, y los comentadores de la derecha reaccionaria condenan precisamente que la película presente algo más que monigotes desbordantes de odio, y la acusa de ser “peligrosamente complaciente con el grupo terrorista Sendero Luminoso”. Lejos de la menor complacencia, la película deja en claro que hay límites que no se pueden traspasar, acciones que no se pueden perdonar y a ello se debe el desenlace de esta historia en particular.

La última subtrama, la de los agentes del SIN, es sin duda la más floja y la que más inverosimilitudes genera en la película, como la varias veces criticada fuga de los calabozos que, dice un crítico, parece inspirada en Misión Imposible, dentro de una película con un código realista tan cuidadoso que consideraron necesario filmar en la misma casa en que ocurrió la captura de Guzmán. De acuerdo, pero esta subtrama tiene, pese a sus falencias, una función. La función de plantear su agenda política. La investigación de la película se basó, principalmente, en entrevistas con diversos miembros del GEIN y recoge su versión de los hechos. Desde este punto de vista, no solamente Fujimori y Montesinos fueron completamente ajenos a la operación de captura, y siempre prefirieron la violencia a la inteligencia en la lucha contrasubversiva (todo esto ha sido probado con largueza, y habría que recordarlo siempre al evaluar los “grandes méritos” del fujimorato) sino que, además interfirieron directa e indirectamente en su labor. Ketín Vidal, el jefe de la DIRCOTE, otro de los héroes de la historia, que logró mantenerse a salvo de la caída del régimen, y que fue el primero en conversar con Guzmán al momento de su captura, aparece aquí como parte del siniestro complot y como servidor del invisible Montesinos. En todo caso, los agentes del SIN sirven para recordar los métodos abusivos de gran parte de las fuerzas del orden, que además se podían dirigir contra cualquiera por tener, por ejemplo, un familiar “terrorista”.

En suma, La hora final es un thriller más o menos efectivo, pero que intenta brindar una visión global de lo que estaba en juego al momento de la captura del líder de Sendero Luminoso. Ya versado en manejar varias líneas argumentativas con El evangelio de la carne, Mendoza no entiende del todo que esta es otra estructura, y que la multiplicación de las subtramas debilita el tempo del thriller. Lo que se gana, sin embargo, es la presentación de un fenómeno mutifacético que todavía nos brindará, seguramente, varias películas más. Estaremos atentos.

Rating: 3.5/5

 

 

 

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Nolan, Netflix y el héroe impensado

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Jorge Luis Ortiz Delgado

Centro de Estudios Liberales

 

Si Christopher Nolan dirigiera algún festival de cine en donde se presentasen producciones de Netflix, estrenadas en dicha plataforma, el prestigioso director (llamado por la crítica como “el nuevo Kubrick”), no aceptaría su inscripción porque según su concepto cinematográfico, no las considera películas: “¿A quién le importa Netflix? No creo que afecte a nada, no es más que una moda, una tormenta en una taza de té. Lo que ha definido siempre una película es que se vea en un cine. Ni más ni menos. Así que el hecho de que Netflix esté haciendo películas para televisión y que compitan en los Oscar o en el Festival de Cannes sólo significa que utiliza el cine como un arma de promoción. Si yo dirigiera un festival de cine no las aceptaría porque no son películas”.

Burkhard Voiges, un amante del séptimo arte, ha alimentado su afición a tal punto que ha invertido alrededor de un millón y medio de euros de su peculio en el diseño de tres pequeñas, elegantes y cómodas salas de cine, con proyección digital para que los cinéfilos, atraídos últimamente por la competencia vía streaming, puedan disfrutar de la pasión que él mismo promueve, fuera de sus hogares: “Para mí Netflix es más un reto que un competidor. Aquí se viven las películas de otra manera. La sala de cine es un espacio que la gente comparte para disfrutar de un filme que les emociona. Y esa es nuestra ventaja. Aquí hay comunicación entre los espectadores.  Eso es lo que tenemos que fomentar”.

Voiges ha acondicionado el cine Eiszeit de Berlín con un bar y un restaurante para que los espectadores puedan compartir, luego de ver una película, momentos adicionales de plática, en donde, por cierto, pagarán algunos euros más por el consumo. Por supuesto que el factor de diferenciación de estas salas radica en ofrecer películas de autor, es decir, producciones alejadas de la cartelera comercial de las grandes cadenas. Muy pronto, como se dio a conocer en un reportaje que la DW le hizo a esta iniciativa audiovisual, cada una de estas salas tendrá un perfil de proyección especializada que permitirá definir y aprovechar las ventajas de la segmentación de mercado: sala de documentales, sala de cine latinoamericano y más.

Nolan y Voiges son dos afanosos soldados entregados a la causa de la filmografía. Quizá pocos como ellos viven de manera única la proyección de una película rodeados de ese clima especial que sólo una sala oscura de cine propone. Sin embargo, su respuesta ante la competencia y las nuevas tecnologías los distancia: Nolan escoge el camino de la aniquilación o la rendición, como algunos de sus más sombríos personajes, y Voiges se encumbra como el héroe impensado que mantiene viva la centenaria llama del cine, conciliándose con la modernidad.

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Veganos y cristianos

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Debo confesar que no soy muy amigo de los vegetarianos. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no pueda tener amigos vegetarianos, que, de hecho, los tengo. Pero sí evito hablar sobre comida con ellos, como evito hablar de política con mis amigos y parientes fujimoristas. Lo que me incomoda no son sus elecciones alimenticias, sino su “rollo”, su afán proselitista del que hablaba García Márquez. Desde la época en que GGM escribió esto, los vegetarianos se han multiplicado enormemente e incluso ha surgido una tendencia, relativamente reciente, de vegetarianismo más radical y proselitista: los veganos. Para quien no lo sepa, un vegano es alguien que, además de rehusar la carne, rehúsa también cualquier producto de origen animal, como los huevos y la leche. Pero, en realidad, es más que eso. Un vegano es un vegetariano con esteroides, un vegetariano inflamado, siempre listo a levantar sus banderas en favor de la salud y la limpieza del cuerpo y/o en contra de la crueldad animal.

Como dicen, cada loco con su tema. Pero hay una tendencia dentro de la comida vegetariana (que por lo demás, sí puede ser variada y sabrosa, yo no practico la exclusión, sino la inclusión gastronómica) que me parece particularmente absurda y por ello me interesa comentarla. Es la obsesión vegetariana por la carne. Sí, por la carne. En muchos restaurantes y menús vegetarianos se ofrecen platos y productos aparentemente carnívoros: hamburguesas, tallarines a la bolognesa, lomo saltado, hasta parrilladas. El sobrentendido es que esos potajes están elaborados con esa pasta blanda y desabrida que se ha dado en llamar “carne” de soya. Y en países en donde la cultura vegana está más extendida, también están disponibles la “leche” de almendras y los “huevos” de algas. Tal parece que los vegetarianos y veganos están orgullosos de demostrarnos que ellos no se privan de nada, que pueden comer exactamente las mismas cosas que cualquier omnívoro. Y es ahí, en esta obsesión mimética, donde resalta precisamente su flaqueza. Porque nunca se extraña más la carne que cuando se mastica la carne de soya, nunca se añora más la leche que cuando se ingiere un vaso de leche del mismo producto. Mientras que una tortilla de patatas o unos champiñones a la parrilla son platos capaces de complacer a cualquier paladar, una hamburguesa vegetariana está hecha solo para vegetarianos, para consolar a quienes por razones médicas deben privarse de los productos originales, o para reforzar la autoestima de quienes por razones ideológicas rechazan los mismos.

Hace poco asistí a una boda cristiana y pude observar el mismo fenómeno. Para los cristianos el producto proscrito y tóxico no es, por cierto, la carne (aunque hay algunas corrientes que la emprenden contra el cerdo, siguiendo las prescripciones del Levítico), sino el alcohol. Y nuevamente sale a relucir el mimetismo, en este caso, de los usos paganos. Cocteles de algarrobina, daiquiris de fresa y de durazno, hasta machu picchu, todos con los mismos colores y formas de cualquier matrimonio católico (porque los católicos, a diferencia de los autodenominados “cristianos” sí tienen permitido consumir alcohol, se supone que con moderación). En vez de ofrecer sustanciosos batidos o creativas combinaciones de frutas como sería propio de una juguería, se esfuerzan por replicar en todo lo posible las bebidas originales, con el predecible efecto de que, como dice la frase común, el alcohol brilla, más que nunca, por su ausencia. En los países “desarrollados” se ofrece, para este público, o cualquier otro que por razones médicas, ideológicas o de edad, no pueda consumir licor, cerveza y vino sin alcohol, que son las bebidas más insípidas y tristes que puedan existir.

Quizás veganos y cristianos debían entender que una restricción puede ser, paradójicamente, una ampliación de las posibilidades expresivas. En arte es un principio conocido que una limitación formal (por ejemplo, la métrica y la rima en la poesía; o la ausencia de color en la fotografía y el cine) puede producir resultados más sutiles y elaborados que cuando la libertad de expresión es absoluta. Liberar las posibilidades de procesamiento y combinación de los vegetales y frutas, que en un plato carnívoro siempre tienen un rol subordinado de “acompañamiento”, darles verdadero protagonismo, es más interesante que imitar los platos en los cuales la carne es, por algo, el ingrediente principal. Hay comida vegetariana -y vegana- que hace justamente esto, y es aquella que puede resultar más atractiva para paladares no militantes, pero interesados en probar nuevos sabores. Como hay deliciosas bebidas a las que nunca se nos ocurriría añadirle alcohol. Si uno considera que lo que hacen otros es incorrecto, insalubre o dañino, ¿para qué imitarlos?

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Wi:k y La última tarde

Con pocas semanas de diferencia se estrenaron en Lima las que pueden ser consideradas, desde ya, las mejores películas peruanas del año, aunque todavía hay que esperar lo que tenga que decir Rosa Chumbe, que podría ganar un premio aparte a la película con mayores dificultades para su distribución. Ambas películas muestran que el llamado cine independiente puede usar diversas estrategias y recursos (desde los diálogos en apariencia triviales y anodinos de Wik hasta los perfectamente aquilatados de La última tarde), tener diversos ritmos (dilatado en Wik; tranquilo, pero con una carga de intensidad en La última tarde), distintas locaciones (las calles de Lince, que se presentan en tomas fragmentadas, distrito cuyo deterioro y sensación de modernidad incompleta tiene mucho que ver con el estado de los personajes; las calles de Barranco, en elegantes planos secuencia, cuyos colores vistosos y arquitectura añeja contrastan, pero también sirven de bello marco para los sentimientos turbulentos pero reflexivos de los personajes) distintos temas (uno generacional; el otro político y nacional); pero al mismo tiempo ambas comparten la vocación de alejarse de los valores de producción más vistosos, para centrarse en los personajes, en los diálogos que los construyen y que fluyen con una naturalidad que se ha conseguido, en ambos casos, involucrando a los autores en la reescritura del guión.

Ambas, además, tienen referencias muy marcadas, escriben dentro de un género. En el caso de Wik, la referencia es el cine de Pablo Stoll, Adrián Caetano, Pablo Trapero, Carlos Reygadas y Lisandro Alonso; también Andrew Bujalski y los hermanos Duplass. Es decir, un cine de la cotidianeidad, de los tiempos muertos, de diálogos que no destacan por su brillantez e ingenio, sino por su frescura y naturalidad. No malinterpretemos: en este cine pasan cosas, se cuenta algo, y las cosas que experimentan los personajes son importantes para ellos y pueden transformar su vida; pero estas experiencias determinantes están inmersas en la cotidianidad del día a día, en el tiempo, no están editadas de modo que sólo veamos las escenas clave de una vida o de una historia, sino sumergidas en el tiempo, y por eso son tan cinematográficas, es lo que Deleuze llamaba “la imagen tiempo”, aparecida con la vanguardia italiana y francesa de los 60, ya que el cine anterior  estaba dominado por la “imagen movimiento”. En el caso de La última tarde, la referencia es el cine de Richard Linklater, Nikita Mikhalkov y Abbas Kiarostami, según declaración del director. No es tan diferente del anterior, pues el ritmo es también distendido, igualmente alejado de la acción incesante de la mayoría de películas de Hollywood. Pero en este caso, el énfasis no está en los tiempos muertos y en la riqueza de la trivialidad; sino en el estudio profundo de caracteres, donde los diálogos no sirven para llenar el tiempo, sino para revelar aspectos de los personajes, en un proceso de descubrimiento conjunto del espectador y los personajes de la pantalla, que por lo mismo permite revelaciones esperadas e inesperadas, algunas sorpresas que van imprimiéndole un ritmo más fluido, tolerable para quienes no están acostumbrados al cine más lento. Sin embargo, ambos filmes no se limitan a seguir los modelos que escogen, sino que los habitan creativamente, los usan para hablar de cosas que les interesan: la generación de jóvenes de los 90, epoca de crisis en el país, para Wik; y el conflicto armado interno (uno de los grandes temas del cine peruano) para La última tarde.

Wi:k es cine de guerrilla, como denomina su director, Rodrigo Moreno del Valle, a un cine que se hace con mucha voluntad y casi ningún presupuesto. Cine de guerrilla, hay que recordarlo, es el nombre que le pusieron al suyo los cineastas del Tercer Cine, como Fernando Solanas y Octavio Gettino, de contenido netamente político y con una producción artesanal. El contenido político no suele funcionar tan bien en estos tiempos, lo más parecido al cine de guerrilla de los 60 podrían ser los primeros documentales de Ernesto Cabellos, que denuncian la situación de la minería y el agro y el eterno complot de las transnacionales; otros documentales que han tenido más éxito, como La hija de la laguna, del propio Cabellos y Bagua, choque de dos mundos, de Mathew Orzel y Heidi Brandenburg combinan la denuncia política con un fuerte componente de estudio antropológico, lo que les permite un mejor resultado estético y una apelación más amplia. Lo que no ha cambiado es la voluntad guerrillera de hacer cine, las ganas de hacerlo aunque no se tengan los recursos, un cine que quizás ya no ayudará a cambiar el mundo, pero sí la vida de alguien que lo vea, o de quien lo produce.

La última tarde es una película ambiciosa, porque pretende contar en forma nueva una historia ya bien conocida, y sin duda lo logra. Porque la perspectiva desde la que no se ha contado esta guerra es, por supuesto, la de quienes participaron en ella, especialmente del lado de la subversión, ya que ellos no han obtenido el derecho a contar su versión de la historia (en el documental sí se han hecho ensayos interesantes, particularmente Sibila, de Teresa Arredondo, quien retrata y cuestiona a su tía, y en menor medida Alias Alejandro, de Alejandro Cárdenas, que en cierto modo reivindica a Peter Cárdenas Schulte, aunque solo porque este se muestra arrepentido de sus errores). Algunos, como Movadef, exigen ese derecho sin cambiar un ápice las convicciones que al final llevaron al país al despeñadero. Quizás, aún así, deban tenerlo. Pero otros se lo han ganado con su descreimiento, con su desencanto del discurso revolucionario, lo que no los ha llevado, obviamente, a abrazar tampoco la historia oficial. Uno de ellos es José Carlos Agüero, libre de culpa y sin nada que ocultar, pues no es exsenderista sino hijo de senderistas, y una de las personas que ha reflexionado más agudamente sobre ese periodo traumático de nuestra historia. Su libro Los rendidos fue, precisamente una de las inspiraciones del director, así como también del actor Lucho Cáceres para comprender al protagonista.

Una pareja que vivió intensamente el amor y la guerra popular y que terminó abruptamente se encuentra después de 19 años para firmar sus papeles de divorcio. ¡Cuántas cosas tendrán por decirse! Hablar del presente, del pasado para ir llenando los inmensos vacíos de esos 19 años que transcurrieron, para cada uno, en diferentes lugares, con diferentes personas y ocupaciones, para llegar, finalmente, al pasado compartido, y al momento de la ruptura. Ruptura que no fue solo la de la pareja, sino, semanas más tarde o más temprano, la ruptura con la militancia, el abandono del proyecto violentista en el que se habían embarcado, y del que partirán en direcciones muy diferentes. La información es administrada en forma magistral, porque además de mantener el interés con cada nueva revelación, logra que todas ellas se compongan con absoluta naturalidad, mostrándonos en distintos momentos sus diferencias políticas, sus profundas diferencias de carácter, los traumas que han tenido que atravesar en esa vida que dejó de ser compartida, las pocas cosas que han logrado sobrevivir al tiempo, etc. Las impecables actuaciones de Katerina D’Onofrio, en un registro más extrovertido pero nunca exagerado;  y de Lucho Cáceres, más reconcentrado y un poco cínico, crean una química de tensiones, y la cámara se luce con los travelings.

A diferencia de otras películas recientes sobre el tema, La última tarde entiende el asunto de la violencia política no como una forma de captar el espíritu de una época (Av. Larco)  ni de dar lecciones de historia a las nuevas generaciones (La última noticia), sino como algo sobre lo que debemos seguir reflexionando y haciéndonos preguntas, evadiendo las respuestas fáciles y los tonos sin matices. Y por esto es importante y actual.

Un reparo importante: el final de la película podría calificarse, piadosamente, de inesperado, sino fuera, en verdad, tirado de los cabellos. Ya desde la escena anterior en el baño, la película había empezado a estropear el cuidadoso tejido causal que había tramado durante una hora y media, pero la escena final no tiene justificación alguna, a no ser que uno se ponga a buscarla en las entrevistas del director. Como deleted scenes hubiera estado buena, lástima que no encontró la que la reemplace.

 

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Avenida Larco

avenida larco la pelicula

La primera escena de Avenida Larco sintetiza muy bien el espíritu del conjunto de la película. Vemos unos escolares en su último día de clases, que después de declarar lo que quieren hacer en el futuro (4 de ellos, los protagonistas, se declaran músicos) irrumpen en un estallido musical de canto y baile que recuerda -y no poco- las coreografías de Grease y otros tantos musicales americanos de adolescentes, (por no hablar de videoclips con la misma temática). El estudiado caos, el acompasado desenfreno, la destellante alegría y energía de la juventud expresada a través de la música, todo eso está muy bien realizado, y agrada, pero no sorprende, porque ya lo hemos visto muchas veces antes. Lo que sorprende es la canción que están cantando y que genera tanta euforia coordinada: es nada menos que “Al colegio no voy más“, clásico tema de Leuzemia, bruscamente contestatario y subte, que cuestiona furiosamente todos los valores que la sociedad pretende inculcar en sus pupilos mediante la escuela. Para los adolescentes de los 80, que cantaban a gritos estas estrofas como un puño al “sistema”, hubiera sido inconcebible ver representada esta canción con una coreografía de rebeldía pop. Y más inconcebible aún ver al mismísimo Daniel F. beatificar la puesta en escena con su participación como el profesor (nada menos) de este grupo de escolares.

Avenida Larco es Locos de amor con canciones de rock peruano de los 80, en vez de baladas románticas archiconocidas. Pero lo complicado es que no pretende ser eso, sino, aparentemente, mucho más. Pretende ser un retrato de época, pretende abordar los difíciles temas de la violencia política y la discriminación, pretende denunciar a la autoridad patriarcal y política (que al final del relato resulta que siempre tuvo razón), pretende dar un mensaje de unidad, pretende contar una historia del despertar de la conciencia y el encuentro con la otra cara del país.

Los que vivimos en los ochenta escuchando estas canciones, sabemos que el rock peruano no consistía en una serie de bandas intercambiables, sino en circuitos diferenciados de circulación y consumo, muchas veces irreconciliables. En la década de oro del rock en el Perú, éste no era, como es hoy, la música que escuchaban solo los rockeros, un género cercado por la cumbia, el reggaeton y el hip hop. En los ochenta el rock era el ritmo general, lo que todos escuchaban, el maleable lenguaje que podía mezclarse con la música andina o la chicha, o podía desbastarse con la rudeza incendiaria del punk. En la antología Crónica del rock peruano, editada por el grupo El Comercio (2001), por poner un ejemplo, se considera 4 líneas de desarrollo: Modern Rock, Pop Rock, Rock Alternativo y Rock Fusión. Esto tenía sentido porque estos circuitos tenían relativamente poca comunicación entre sí. Sólo los 2 primeros sonaban en la radio y los alternativos, o mejor, subte, le tenían una rabia furiosa a los conjuntos más visibles del medio, que consideraban inauténticos. Recordemos los famosos monólogos de Daniel F. contra Los Zopilotes, por ejemplo. Es cierto que en los 90 se establecieron algunos puntos de contacto y se rompieron algunas barreras, pero juntar a Leuzemia con Rio, y a Narcosis con Arena Hash, como hace la película, parece demasiado.

En cuanto a la visión política del film, la trama nos muestra un grupo de rock subte sanisidrino (¿podría haber existido tal cosa en los ochenta?) preocupados porque el apagón general de la ciudad podría impedirles participar de un concurso para elegir a la mejor banda de rock. Felizmente el apagón no ha afectado a Miraflores, y hacia allí se dirigen para pasar la primera etapa del concurso. Luego irán a El Agustino y al final a la Plaza de Acho, pero su interés primordial parece ser siempre la música y no la política. En una escena en donde están discutiendo su participación en una marcha y uno de ellos no parece muy convencido de asistir, su enamorada le espeta: “Pero si todas sus canciones tratan de política”. A lo que él responde: “Es que las canciones las escribe Andrés”. Lo que no saben Wicho ni su enamorada es que la verdadera motivación de Andrés para asistir a la marcha es para impresionar a la chica que le gusta, a la que quiere demostrarle su compromiso social. Las letras de Los Saicos, Narcosis y Leuzemia, de un cuestionamiento radical del poder, poco tienen que ver con este cuarteto de jóvenes burgueses preocupados casi siempre por problemas estrictamente personales, ya sean relaciones de pareja o conflictos intergeneracionales con sus padres. Esos son los verdaderos resortes narrativos de este musical, como lo eran también en Locos de amor, con menos pretensiones y por ello mejores resultados. Los temas “sociales” no logran integrarse con los personajes y se quedan en lo didáctico, en el mensaje de pizarrón.

Al final, y esto es lo más triste, quizás Avenida Larco tenga razón, y el rock peruano se ha convertido en una licuefacción en donde todo da igual y “Estar en la universidad” es tan contestataria como “Sucio policía”, y “Lo peor de todo” comunica sentimientos tan complejos como “Decir adiós”. Quizás, también,  la violencia política que puso en jaque al país en esos años ha terminado reducida a unos cuantos íconos, a una simbología de los apagones, la hoz y el martillo alumbrando los cerros, pintas en las paredes de la universidad, cosas así, e imágenes granulosas de noticieros y documentales que acompañan a la película para darle mayor “realismo”. Quizás sea suficiente mostrar algunas imágenes emblemáticas y sobrecodificadas para creer y hacer creer que estamos retratando y hasta entendiendo lo que pasó en esos años cruciales de nuestra historia. Pensar realmente en lo que pasó y en cómo pudo ser posible, es acaso más de lo que puede hacer un musical (habría que ser Bob Fosse para hacerlo) pero es justamente lo que prometía Avenida Larco y que, por supuesto, no llega a cumplir.

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