Nolan, Netflix y el héroe impensado

nolan netflix 2

Jorge Luis Ortiz Delgado

Centro de Estudios Liberales

 

Si Christopher Nolan dirigiera algún festival de cine en donde se presentasen producciones de Netflix, estrenadas en dicha plataforma, el prestigioso director (llamado por la crítica como “el nuevo Kubrick”), no aceptaría su inscripción porque según su concepto cinematográfico, no las considera películas: “¿A quién le importa Netflix? No creo que afecte a nada, no es más que una moda, una tormenta en una taza de té. Lo que ha definido siempre una película es que se vea en un cine. Ni más ni menos. Así que el hecho de que Netflix esté haciendo películas para televisión y que compitan en los Oscar o en el Festival de Cannes sólo significa que utiliza el cine como un arma de promoción. Si yo dirigiera un festival de cine no las aceptaría porque no son películas”.

Burkhard Voiges, un amante del séptimo arte, ha alimentado su afición a tal punto que ha invertido alrededor de un millón y medio de euros de su peculio en el diseño de tres pequeñas, elegantes y cómodas salas de cine, con proyección digital para que los cinéfilos, atraídos últimamente por la competencia vía streaming, puedan disfrutar de la pasión que él mismo promueve, fuera de sus hogares: “Para mí Netflix es más un reto que un competidor. Aquí se viven las películas de otra manera. La sala de cine es un espacio que la gente comparte para disfrutar de un filme que les emociona. Y esa es nuestra ventaja. Aquí hay comunicación entre los espectadores.  Eso es lo que tenemos que fomentar”.

Voiges ha acondicionado el cine Eiszeit de Berlín con un bar y un restaurante para que los espectadores puedan compartir, luego de ver una película, momentos adicionales de plática, en donde, por cierto, pagarán algunos euros más por el consumo. Por supuesto que el factor de diferenciación de estas salas radica en ofrecer películas de autor, es decir, producciones alejadas de la cartelera comercial de las grandes cadenas. Muy pronto, como se dio a conocer en un reportaje que la DW le hizo a esta iniciativa audiovisual, cada una de estas salas tendrá un perfil de proyección especializada que permitirá definir y aprovechar las ventajas de la segmentación de mercado: sala de documentales, sala de cine latinoamericano y más.

Nolan y Voiges son dos afanosos soldados entregados a la causa de la filmografía. Quizá pocos como ellos viven de manera única la proyección de una película rodeados de ese clima especial que sólo una sala oscura de cine propone. Sin embargo, su respuesta ante la competencia y las nuevas tecnologías los distancia: Nolan escoge el camino de la aniquilación o la rendición, como algunos de sus más sombríos personajes, y Voiges se encumbra como el héroe impensado que mantiene viva la centenaria llama del cine, conciliándose con la modernidad.

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Veganos y cristianos

veganos cristianos

Debo confesar que no soy muy amigo de los vegetarianos. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no pueda tener amigos vegetarianos, que, de hecho, los tengo. Pero sí evito hablar sobre comida con ellos, como evito hablar de política con mis amigos y parientes fujimoristas. Lo que me incomoda no son sus elecciones alimenticias, sino su “rollo”, su afán proselitista del que hablaba García Márquez. Desde la época en que GGM escribió esto, los vegetarianos se han multiplicado enormemente e incluso ha surgido una tendencia, relativamente reciente, de vegetarianismo más radical y proselitista: los veganos. Para quien no lo sepa, un vegano es alguien que, además de rehusar la carne, rehúsa también cualquier producto de origen animal, como los huevos y la leche. Pero, en realidad, es más que eso. Un vegano es un vegetariano con esteroides, un vegetariano inflamado, siempre listo a levantar sus banderas en favor de la salud y la limpieza del cuerpo y/o en contra de la crueldad animal.

Como dicen, cada loco con su tema. Pero hay una tendencia dentro de la comida vegetariana (que por lo demás, sí puede ser variada y sabrosa, yo no practico la exclusión, sino la inclusión gastronómica) que me parece particularmente absurda y por ello me interesa comentarla. Es la obsesión vegetariana por la carne. Sí, por la carne. En muchos restaurantes y menús vegetarianos se ofrecen platos y productos aparentemente carnívoros: hamburguesas, tallarines a la bolognesa, lomo saltado, hasta parrilladas. El sobrentendido es que esos potajes están elaborados con esa pasta blanda y desabrida que se ha dado en llamar “carne” de soya. Y en países en donde la cultura vegana está más extendida, también están disponibles la “leche” de almendras y los “huevos” de algas. Tal parece que los vegetarianos y veganos están orgullosos de demostrarnos que ellos no se privan de nada, que pueden comer exactamente las mismas cosas que cualquier omnívoro. Y es ahí, en esta obsesión mimética, donde resalta precisamente su flaqueza. Porque nunca se extraña más la carne que cuando se mastica la carne de soya, nunca se añora más la leche que cuando se ingiere un vaso de leche del mismo producto. Mientras que una tortilla de patatas o unos champiñones a la parrilla son platos capaces de complacer a cualquier paladar, una hamburguesa vegetariana está hecha solo para vegetarianos, para consolar a quienes por razones médicas deben privarse de los productos originales, o para reforzar la autoestima de quienes por razones ideológicas rechazan los mismos.

Hace poco asistí a una boda cristiana y pude observar el mismo fenómeno. Para los cristianos el producto proscrito y tóxico no es, por cierto, la carne (aunque hay algunas corrientes que la emprenden contra el cerdo, siguiendo las prescripciones del Levítico), sino el alcohol. Y nuevamente sale a relucir el mimetismo, en este caso, de los usos paganos. Cocteles de algarrobina, daiquiris de fresa y de durazno, hasta machu picchu, todos con los mismos colores y formas de cualquier matrimonio católico (porque los católicos, a diferencia de los autodenominados “cristianos” sí tienen permitido consumir alcohol, se supone que con moderación). En vez de ofrecer sustanciosos batidos o creativas combinaciones de frutas como sería propio de una juguería, se esfuerzan por replicar en todo lo posible las bebidas originales, con el predecible efecto de que, como dice la frase común, el alcohol brilla, más que nunca, por su ausencia. En los países “desarrollados” se ofrece, para este público, o cualquier otro que por razones médicas, ideológicas o de edad, no pueda consumir licor, cerveza y vino sin alcohol, que son las bebidas más insípidas y tristes que puedan existir.

Quizás veganos y cristianos debían entender que una restricción puede ser, paradójicamente, una ampliación de las posibilidades expresivas. En arte es un principio conocido que una limitación formal (por ejemplo, la métrica y la rima en la poesía; o la ausencia de color en la fotografía y el cine) puede producir resultados más sutiles y elaborados que cuando la libertad de expresión es absoluta. Liberar las posibilidades de procesamiento y combinación de los vegetales y frutas, que en un plato carnívoro siempre tienen un rol subordinado de “acompañamiento”, darles verdadero protagonismo, es más interesante que imitar los platos en los cuales la carne es, por algo, el ingrediente principal. Hay comida vegetariana -y vegana- que hace justamente esto, y es aquella que puede resultar más atractiva para paladares no militantes, pero interesados en probar nuevos sabores. Como hay deliciosas bebidas a las que nunca se nos ocurriría añadirle alcohol. Si uno considera que lo que hacen otros es incorrecto, insalubre o dañino, ¿para qué imitarlos?

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Wi:k y La última tarde

Con pocas semanas de diferencia se estrenaron en Lima las que pueden ser consideradas, desde ya, las mejores películas peruanas del año, aunque todavía hay que esperar lo que tenga que decir Rosa Chumbe, que podría ganar un premio aparte a la película con mayores dificultades para su distribución. Ambas películas muestran que el llamado cine independiente puede usar diversas estrategias y recursos (desde los diálogos en apariencia triviales y anodinos de Wik hasta los perfectamente aquilatados de La última tarde), tener diversos ritmos (dilatado en Wik; tranquilo, pero con una carga de intensidad en La última tarde), distintas locaciones (las calles de Lince, que se presentan en tomas fragmentadas, distrito cuyo deterioro y sensación de modernidad incompleta tiene mucho que ver con el estado de los personajes; las calles de Barranco, en elegantes planos secuencia, cuyos colores vistosos y arquitectura añeja contrastan, pero también sirven de bello marco para los sentimientos turbulentos pero reflexivos de los personajes) distintos temas (uno generacional; el otro político y nacional); pero al mismo tiempo ambas comparten la vocación de alejarse de los valores de producción más vistosos, para centrarse en los personajes, en los diálogos que los construyen y que fluyen con una naturalidad que se ha conseguido, en ambos casos, involucrando a los autores en la reescritura del guión.

Ambas, además, tienen referencias muy marcadas, escriben dentro de un género. En el caso de Wik, la referencia es el cine de Pablo Stoll, Adrián Caetano, Pablo Trapero, Carlos Reygadas y Lisandro Alonso; también Andrew Bujalski y los hermanos Duplass. Es decir, un cine de la cotidianeidad, de los tiempos muertos, de diálogos que no destacan por su brillantez e ingenio, sino por su frescura y naturalidad. No malinterpretemos: en este cine pasan cosas, se cuenta algo, y las cosas que experimentan los personajes son importantes para ellos y pueden transformar su vida; pero estas experiencias determinantes están inmersas en la cotidianidad del día a día, en el tiempo, no están editadas de modo que sólo veamos las escenas clave de una vida o de una historia, sino sumergidas en el tiempo, y por eso son tan cinematográficas, es lo que Deleuze llamaba “la imagen tiempo”, aparecida con la vanguardia italiana y francesa de los 60, ya que el cine anterior  estaba dominado por la “imagen movimiento”. En el caso de La última tarde, la referencia es el cine de Richard Linklater, Nikita Mikhalkov y Abbas Kiarostami, según declaración del director. No es tan diferente del anterior, pues el ritmo es también distendido, igualmente alejado de la acción incesante de la mayoría de películas de Hollywood. Pero en este caso, el énfasis no está en los tiempos muertos y en la riqueza de la trivialidad; sino en el estudio profundo de caracteres, donde los diálogos no sirven para llenar el tiempo, sino para revelar aspectos de los personajes, en un proceso de descubrimiento conjunto del espectador y los personajes de la pantalla, que por lo mismo permite revelaciones esperadas e inesperadas, algunas sorpresas que van imprimiéndole un ritmo más fluido, tolerable para quienes no están acostumbrados al cine más lento. Sin embargo, ambos filmes no se limitan a seguir los modelos que escogen, sino que los habitan creativamente, los usan para hablar de cosas que les interesan: la generación de jóvenes de los 90, epoca de crisis en el país, para Wik; y el conflicto armado interno (uno de los grandes temas del cine peruano) para La última tarde.

Wi:k es cine de guerrilla, como denomina su director, Rodrigo Moreno del Valle, a un cine que se hace con mucha voluntad y casi ningún presupuesto. Cine de guerrilla, hay que recordarlo, es el nombre que le pusieron al suyo los cineastas del Tercer Cine, como Fernando Solanas y Octavio Gettino, de contenido netamente político y con una producción artesanal. El contenido político no suele funcionar tan bien en estos tiempos, lo más parecido al cine de guerrilla de los 60 podrían ser los primeros documentales de Ernesto Cabellos, que denuncian la situación de la minería y el agro y el eterno complot de las transnacionales; otros documentales que han tenido más éxito, como La hija de la laguna, del propio Cabellos y Bagua, choque de dos mundos, de Mathew Orzel y Heidi Brandenburg combinan la denuncia política con un fuerte componente de estudio antropológico, lo que les permite un mejor resultado estético y una apelación más amplia. Lo que no ha cambiado es la voluntad guerrillera de hacer cine, las ganas de hacerlo aunque no se tengan los recursos, un cine que quizás ya no ayudará a cambiar el mundo, pero sí la vida de alguien que lo vea, o de quien lo produce.

La última tarde es una película ambiciosa, porque pretende contar en forma nueva una historia ya bien conocida, y sin duda lo logra. Porque la perspectiva desde la que no se ha contado esta guerra es, por supuesto, la de quienes participaron en ella, especialmente del lado de la subversión, ya que ellos no han obtenido el derecho a contar su versión de la historia (en el documental sí se han hecho ensayos interesantes, particularmente Sibila, de Teresa Arredondo, quien retrata y cuestiona a su tía, y en menor medida Alias Alejandro, de Alejandro Cárdenas, que en cierto modo reivindica a Peter Cárdenas Schulte, aunque solo porque este se muestra arrepentido de sus errores). Algunos, como Movadef, exigen ese derecho sin cambiar un ápice las convicciones que al final llevaron al país al despeñadero. Quizás, aún así, deban tenerlo. Pero otros se lo han ganado con su descreimiento, con su desencanto del discurso revolucionario, lo que no los ha llevado, obviamente, a abrazar tampoco la historia oficial. Uno de ellos es José Carlos Agüero, libre de culpa y sin nada que ocultar, pues no es exsenderista sino hijo de senderistas, y una de las personas que ha reflexionado más agudamente sobre ese periodo traumático de nuestra historia. Su libro Los rendidos fue, precisamente una de las inspiraciones del director, así como también del actor Lucho Cáceres para comprender al protagonista.

Una pareja que vivió intensamente el amor y la guerra popular y que terminó abruptamente se encuentra después de 19 años para firmar sus papeles de divorcio. ¡Cuántas cosas tendrán por decirse! Hablar del presente, del pasado para ir llenando los inmensos vacíos de esos 19 años que transcurrieron, para cada uno, en diferentes lugares, con diferentes personas y ocupaciones, para llegar, finalmente, al pasado compartido, y al momento de la ruptura. Ruptura que no fue solo la de la pareja, sino, semanas más tarde o más temprano, la ruptura con la militancia, el abandono del proyecto violentista en el que se habían embarcado, y del que partirán en direcciones muy diferentes. La información es administrada en forma magistral, porque además de mantener el interés con cada nueva revelación, logra que todas ellas se compongan con absoluta naturalidad, mostrándonos en distintos momentos sus diferencias políticas, sus profundas diferencias de carácter, los traumas que han tenido que atravesar en esa vida que dejó de ser compartida, las pocas cosas que han logrado sobrevivir al tiempo, etc. Las impecables actuaciones de Katerina D’Onofrio, en un registro más extrovertido pero nunca exagerado;  y de Lucho Cáceres, más reconcentrado y un poco cínico, crean una química de tensiones, y la cámara se luce con los travelings.

A diferencia de otras películas recientes sobre el tema, La última tarde entiende el asunto de la violencia política no como una forma de captar el espíritu de una época (Av. Larco)  ni de dar lecciones de historia a las nuevas generaciones (La última noticia), sino como algo sobre lo que debemos seguir reflexionando y haciéndonos preguntas, evadiendo las respuestas fáciles y los tonos sin matices. Y por esto es importante y actual.

Un reparo importante: el final de la película podría calificarse, piadosamente, de inesperado, sino fuera, en verdad, tirado de los cabellos. Ya desde la escena anterior en el baño, la película había empezado a estropear el cuidadoso tejido causal que había tramado durante una hora y media, pero la escena final no tiene justificación alguna, a no ser que uno se ponga a buscarla en las entrevistas del director. Como deleted scenes hubiera estado buena, lástima que no encontró la que la reemplace.

 

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Avenida Larco

avenida larco la pelicula

La primera escena de Avenida Larco sintetiza muy bien el espíritu del conjunto de la película. Vemos unos escolares en su último día de clases, que después de declarar lo que quieren hacer en el futuro (4 de ellos, los protagonistas, se declaran músicos) irrumpen en un estallido musical de canto y baile que recuerda -y no poco- las coreografías de Grease y otros tantos musicales americanos de adolescentes, (por no hablar de videoclips con la misma temática). El estudiado caos, el acompasado desenfreno, la destellante alegría y energía de la juventud expresada a través de la música, todo eso está muy bien realizado, y agrada, pero no sorprende, porque ya lo hemos visto muchas veces antes. Lo que sorprende es la canción que están cantando y que genera tanta euforia coordinada: es nada menos que “Al colegio no voy más“, clásico tema de Leuzemia, bruscamente contestatario y subte, que cuestiona furiosamente todos los valores que la sociedad pretende inculcar en sus pupilos mediante la escuela. Para los adolescentes de los 80, que cantaban a gritos estas estrofas como un puño al “sistema”, hubiera sido inconcebible ver representada esta canción con una coreografía de rebeldía pop. Y más inconcebible aún ver al mismísimo Daniel F. beatificar la puesta en escena con su participación como el profesor (nada menos) de este grupo de escolares.

Avenida Larco es Locos de amor con canciones de rock peruano de los 80, en vez de baladas románticas archiconocidas. Pero lo complicado es que no pretende ser eso, sino, aparentemente, mucho más. Pretende ser un retrato de época, pretende abordar los difíciles temas de la violencia política y la discriminación, pretende denunciar a la autoridad patriarcal y política (que al final del relato resulta que siempre tuvo razón), pretende dar un mensaje de unidad, pretende contar una historia del despertar de la conciencia y el encuentro con la otra cara del país.

Los que vivimos en los ochenta escuchando estas canciones, sabemos que el rock peruano no consistía en una serie de bandas intercambiables, sino en circuitos diferenciados de circulación y consumo, muchas veces irreconciliables. En la década de oro del rock en el Perú, éste no era, como es hoy, la música que escuchaban solo los rockeros, un género cercado por la cumbia, el reggaeton y el hip hop. En los ochenta el rock era el ritmo general, lo que todos escuchaban, el maleable lenguaje que podía mezclarse con la música andina o la chicha, o podía desbastarse con la rudeza incendiaria del punk. En la antología Crónica del rock peruano, editada por el grupo El Comercio (2001), por poner un ejemplo, se considera 4 líneas de desarrollo: Modern Rock, Pop Rock, Rock Alternativo y Rock Fusión. Esto tenía sentido porque estos circuitos tenían relativamente poca comunicación entre sí. Sólo los 2 primeros sonaban en la radio y los alternativos, o mejor, subte, le tenían una rabia furiosa a los conjuntos más visibles del medio, que consideraban inauténticos. Recordemos los famosos monólogos de Daniel F. contra Los Zopilotes, por ejemplo. Es cierto que en los 90 se establecieron algunos puntos de contacto y se rompieron algunas barreras, pero juntar a Leuzemia con Rio, y a Narcosis con Arena Hash, como hace la película, parece demasiado.

En cuanto a la visión política del film, la trama nos muestra un grupo de rock subte sanisidrino (¿podría haber existido tal cosa en los ochenta?) preocupados porque el apagón general de la ciudad podría impedirles participar de un concurso para elegir a la mejor banda de rock. Felizmente el apagón no ha afectado a Miraflores, y hacia allí se dirigen para pasar la primera etapa del concurso. Luego irán a El Agustino y al final a la Plaza de Acho, pero su interés primordial parece ser siempre la música y no la política. En una escena en donde están discutiendo su participación en una marcha y uno de ellos no parece muy convencido de asistir, su enamorada le espeta: “Pero si todas sus canciones tratan de política”. A lo que él responde: “Es que las canciones las escribe Andrés”. Lo que no saben Wicho ni su enamorada es que la verdadera motivación de Andrés para asistir a la marcha es para impresionar a la chica que le gusta, a la que quiere demostrarle su compromiso social. Las letras de Los Saicos, Narcosis y Leuzemia, de un cuestionamiento radical del poder, poco tienen que ver con este cuarteto de jóvenes burgueses preocupados casi siempre por problemas estrictamente personales, ya sean relaciones de pareja o conflictos intergeneracionales con sus padres. Esos son los verdaderos resortes narrativos de este musical, como lo eran también en Locos de amor, con menos pretensiones y por ello mejores resultados. Los temas “sociales” no logran integrarse con los personajes y se quedan en lo didáctico, en el mensaje de pizarrón.

Al final, y esto es lo más triste, quizás Avenida Larco tenga razón, y el rock peruano se ha convertido en una licuefacción en donde todo da igual y “Estar en la universidad” es tan contestataria como “Sucio policía”, y “Lo peor de todo” comunica sentimientos tan complejos como “Decir adiós”. Quizás, también,  la violencia política que puso en jaque al país en esos años ha terminado reducida a unos cuantos íconos, a una simbología de los apagones, la hoz y el martillo alumbrando los cerros, pintas en las paredes de la universidad, cosas así, e imágenes granulosas de noticieros y documentales que acompañan a la película para darle mayor “realismo”. Quizás sea suficiente mostrar algunas imágenes emblemáticas y sobrecodificadas para creer y hacer creer que estamos retratando y hasta entendiendo lo que pasó en esos años cruciales de nuestra historia. Pensar realmente en lo que pasó y en cómo pudo ser posible, es acaso más de lo que puede hacer un musical (habría que ser Bob Fosse para hacerlo) pero es justamente lo que prometía Avenida Larco y que, por supuesto, no llega a cumplir.

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Jackie

Jackie

Los Kennedy son lo más parecido que existe en los EE.UU. a la realeza. Muchos americanos sienten una fascinación casi irracional por esta familia encumbrada a lo más alto del poder, y al mismo tiempo, marcada por la tragedia (algunos la llaman maldición). El asesinato del presidente John F. Kennedy es uno de los eventos más traumáticos de la historia de ese país. Si a eso le agregamos que algunos años más tarde, su hermano, colaborador y candidato presidencial con amplias posibilidades de triunfo, también fue asesinado, se configura un aura siniestra sobre esta familia exitosa e idealista que cambió muchas cosas en la sociedad de su tiempo. El cine de Hollywood y la televisión han reflejado esta fascinación a través de numerosas producciones (un aficionado presenta una lista -no exhaustiva- de 66 títulos) que tratan de explorar todos los aspectos posibles de, en primer lugar, el magnicidio más famoso del siglo XX, y en segundo lugar, de otros miembros de la familia y del entorno. No cabe duda que la cinta más célebre sobre JFK dura 26 segundos, fue grabada por Abraham Zapruder y muestra el momento exacto de su asesinato. Pero hay muchas otras. Hay películas que cuentan, en forma más o menos objetiva los eventos inmediatamente posteriores al atentado en Dallas (Parkland (2013), Jackie también estaría aquí); películas que argumentan en forma persuasiva para cuestionar las conclusiones de la comisión Warren, que investigó el crimen (JFK (1991), pero también Rush to Judgement (1967); películas que exploran la vida del asesino, Lee Harvey Oswald, o incluso del asesino del asesino, Jack Ruby; películas que imaginan el juicio a Oswald que nunca llegó a realizarse; películas que se ocupan de los aspectos más resaltantes del corto mandato presidencial de Kennedy, como la crisis de los misiles (Thirteen days, 2000); películas que se dedican a especular sobre el supuesto affaire entre Marilyn Monroe y uno o los dos hermanos Kennedy; en fin, películas que cuentan la biografía completa de John, Bobby, Jackie o incluso otros miembros de la familia. Jacqueline Kennedy es una figura central e icónica en este elenco, y algunas películas han contado la historia de su vida, desde sus inicios en la universidad hasta su matrimonio con el magnate griego Aristóteles Onassis. Pero Jackie no es una de ellas.

Pablo Larraín es un cineasta chileno que se ha caracterizado por encontrar ángulos insólitos a historia ya conocidas. En Tony Manero, explora la historia de un imitador de John Travolta con lados oscuros y violentos que contrastan con el brillo artificial de la televisión, un ángulo insólito para observar la represión y censura de los años del pinochetismo. En No, cuenta la historia del referéndum que terminó con Pinochet, pero en vez hacer una épica de izquierda, la historia se narra desde el ángulo de la campaña publicitaria de los bandos del Sí y el No, restando quizás importancia a las luchas sociales, pero confirmando la importancia de la imagen en la sociedad posmoderna. El director no escapa a la fascinación por la imagen, por sus características físicas (color, definición, etc) y se atrevió a filmarla con la tecnología propia de fines de los 80 para sincronizar las imágenes “prestadas” (principalmente los comerciales de la campaña) con las propias. En El Club aborda los escándalos de pedofilia en la iglesia católica, desde una curiosa casa de retiro/penitencia donde conviven varios sacerdotes que fueron destinados allí por esa u otras transgresiones. Los personajes de Larraín no suelen ser muy empáticos, mas bien generan cierta incomodidad en el espectador, pero el personaje de Gael García en No, como ahora el de Jackie Kennedy sí pueden generar cierta identificación del público.

Jackie narra la vida de Jacqueline Kennedy solamente durante una o dos semanas posteriores al magnicidio. Es, entonces, más que la vida de Jackie, otra versión sobre la muerte de JFK, o quizás, ambas cosas a la vez, logrando así reunir distintas vertientes de este “género” esbozado en el primer párrafo. Durante este periodo hay dos eventos centrales: los funerales de Kennedy, para los que la viuda determinó que se hiciera una marcha de ocho cuadras para acompañar al féretro, replicando el recorrido de los funerales de Lincoln (el otro gran magnicidio de los EE.UU), y debió luchar contra viento y marea para imponer su decisión. El otro es la entrevista concedida a la revista Time con el propósito explícito (en la película) de moldear la figura y el recuerdo del fallecido presidente. En esta conversación, Jackie hace referencia a un musical, Camelot, como un reino hermoso y efímero, con lo cual acuña un término esencial en la mitología de los Kennedy (un ejemplo aquí). Además, la película inserta una conversación de Jackie con el sacerdote que va a oficiar las exequias, antes del funeral definitivo en Arlington, lo que le permite un registro más privado y confesional. Todas estas secuencias se encuentran, por supuesto, convenientemente editadas e intercaladas, dialogando y enriqueciéndose unas con otras, componiendo un mosaico complejo y poderoso.

A través del increíble trabajo actoral de Natalie Portman, sin duda merecedor de un Oscar (podría disputarlo con Isabelle Hupert, pero ciertamente no con Emma Stone) Jackie compone a su personaje como una mujer inteligente, que más allá de su innato talento para la elegancia, alcanza una buena comprensión de los engranajes del poder, tanto a nivel doméstico como internacional; una mujer consciente de su modesta pero decisiva capacidad de modelar la opinión pública y de los mecanismos mediante los que la prensa y la televisión realizan dicha tarea; una mujer fuerte que logra superar su tragedia personal, o más bien, utilizarla para cumplir con el rol que le ha asignado la Historia. Y al mismo tiempo, es también una mujer vanidosa que nunca deja de preocuparse por su imagen; una mujer impositiva que vigila a pie juntillas lo que se escribe sobre ella, y que no acepta un no por respuesta, de nadie. Muchas veces son los mismos gestos y actos los que comunican virtudes y defectos; de pronto parecen alumbrarse con una luz positiva, y luego con otra más sombría. Como es propio de un buen retrato de la naturaleza humana.

También es notable el trabajo de la imagen. Perfeccionando o invirtiendo lo realizado en No, Larraín usa la tecnología moderna de grabación para re-crear el tour por la Casa Blanca que Jackie ofreció a la televisión en 1962 para mostrar las renovaciones de la Casa Blanca -emprendidas por ella- que destacaban el legado histórico de los anteriores ocupantes del edificio y que además intentaba contestar las críticas sobre gastos innecesarios en este emprendimiento. Larraín mezcla y compagina con perfección las secuencias del documental original, con otras recreadas para este filme, haciendo indistinguibles para el espectador las diferencias. Además ofrece un efecto de espejo, pues muestra no sólo escenas del tour, sino de la filmación del mismo, con perfecta simetría. Si la textura de Fiebre de sábado por la noche aparecía como un cuerpo extraño y violento en Tony Manero; si los comerciales políticos dictaban el registro visual a seguir en No; el tour de Jackie aparece como el referente ineludible y central que capta lo esencial de esta mujer modesta y vulnerable, erudita, vanidosa y simpática. Ver el documental original es confirmar lo que muestra la película. Por otra parte, el trabajo entre la actriz y el camarógrafo Stephane Fontaine es tan acompasado y armonioso que Larraín lo califica como “una danza”. Planos íntimos, cercanos, para comunicar la historia privada de un evento público.

Y para iluminar con nueva luz una historia que parecía ya muchas veces contada.

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