Caviares

Javier de Taboada
 
En la prensa peruana de los últimos años se ha estandarizado el decir ‘caviares’ para referirse a cierto sector de la izquierda. ¿Qué sector? Pues una izquierda intelectual más que sindical, clasemediera más que popular, reformista más que radical, y democrática más que revolucionaria. Es la izquierda de –por ejemplo y paradigmáticamente- Susana Villarán. Una izquierda que ha cambiado el rojo de la lucha por el verde de la ecología, y la conciencia de clase por los derechos de género.
 
Primero que nada, habría que aclarar que lo de “izquierda caviar” no es (¿acaso podría serlo?) producto de la sesera de Aldo Mariátegui ni de Herbert Mujica. Nuestros furibundos liberales han copiado del francés: el periodista Daniel Benoit lo inventó para descalificar a la izquierda de Miterrand. Quizás más bien, siguiendo su reflejo condicionado, debían haber mirado a Chile: allí se habla de la “whizquierda”, o del “red set”, términos por lo menos ingeniosos y no exentos de humor, mientras que “caviar” se usa casi siempre en contexto bilioso. Mejor traducción, además, la chilena, ya que la mera traslación lingüística –y geográfica- produce un efecto extraño: si el whisky está simbólicamente marcado como un licor de lujo, yo estoy seguro que Ud., amable lector, lo ha probado en más de una ocasión; mientras que en nuestro país el caviar ni siquiera la élite de la élite (la creme de la creme, digamos) suele consumirlo: su valor es puramente simbólico, y por tanto, puramente denigratorio. De ahí su falta de humor.
 
Pues bien, ¿cuál es la terrible acusación que denuncia el oxímoron? Es más vieja que Lenin: el que lucha por los pobres debe ser uno de ellos,el que defiende a los explotados no puede ser de la clase de los explotadores. Una vez más la descalificación viene por el terrible crimen de la hipocresía: la izquierda caviar, dicen, predica unos valores mientras vive conforme a otros, proclama igualdades y cosecha privilegios. En la versión decimonónica del marxismo que ha conservado la derecha, importa más el origen de clase que la conciencia individual. La respuesta es también tan vieja como Lenin (y como Lukacs): el intelectual no sólo puede superar su clase de origen, no sólo puede tener conciencia revolucionaria, sino que resulta el catalizador indispensable para que la clase obrera adquiera conciencia de su explotación. Esto en el lenguaje del marxismo del siglo XX. En el del siglo XXI podríamos decir: no se puede juzgar a la gente por lo que come y lo que bebe, sino por su posición ideológica, que se expresa tanto en su discurso como en sus acciones.
 
Es curiosa la derecha peruana: condena a la izquierda radical por ser radical, y a la moderada por ser moderada, por ser ‘caviar’. Exigen a los izquierdistas más pensantes que se dejen de reuniones sociales y tés de tías (¿y tomen de una vez las armas, podemos suponer?) al mismo tiempo que califican de ‘terroristas’ o ‘chavistas’ a quienes sueltan discursos incendiarios. Quieren que la izquierda moderada se haga radical, y que ésta última implosione hasta la extinción.
 
Hay una manera, colegas caviares, para que sigamos gozando de nuestros muchos privilegios y prebendas. Si no estamos dispuestos a abandonar la comodidad y el lujo para internarnos en la selva, abandonemos entonces nuestros principios. Saboreemos nuestro whisky no sólo por su aroma y sabor a buena madera, sino por la explotación y el trabajo mal pagado que ha costado producirlo. Celebremos que el sistema sea injusto mientras que no nos deje mal ubicados. Abusemos de nuestros trabajadores y sirvientes, ya que el trato amable y los simulacros de igualdad no abolen las esenciales diferencias sociales. Entonces seremos crueles, descorazonados, casi inhumanos, pero por lo menos seremos coherentes hasta la médula.
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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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