The Lord of the Flies o Cómo entrenar a su chibolo

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Hace muchos años un amigo un poco mayor que yo, lector voraz y de impecables gustos literarios mencionó de pronto que estaba leyendo El señor de las moscas, de William Golding. No me dijo absolutamente nada de la novela, porque la conversación fue por otros rumbos que ya no recuerdo, pero su forma de soltar el anuncio, con voz de confidencia y gesto solemne, me hicieron inscribir el título en mi lista mental de libros pendientes (lista hoy por hoy totalmente desbordada, pero por aquel entonces todavía manejable). Hace pocas semanas, un amigo un poco menor que yo, lector habitual y de admisibles gustos literarios empezó un email mencionando que acababa de leer El señor de las moscas, de Golding. No me dijo absolutamente nada de la novela, excepto que era una “buena historia”. Cuando se cierra un círculo, pensé, es momento de actuar. Y así lo hice. Hoy acabo de terminar de leer El señor de las moscas.

En el Perú, la novela de Golding es una suerte de pequeña gema literaria que circula discretamente entre jóvenes aspirantes a escritores que están empezando a explorar un poco más allá del canon, de captar voces distintas a las obras maestras predecibles y obligatorias. En el Perú, El señor de las moscas es el tipo de libro que cada quien cree haber descubierto sin que nadie más se enterase, que cada quien atesora como una experiencia satisfactoria pero que no vale la pena desplegar en discusiones o conversaciones, más allá de la mención puntual. En EEUU, la novela de Golding es un libro ampliamente requerido en los programas de literatura de la escuela secundaria y/o college. Es una lectura obligatoria, es el canon. Es un libro que se comenta y se discute formalmente, con guías pedagógicas y material suplementario. Es un instrumento para transmitir –o al menos plantear- los valores del sistema.

En ambos casos yo llegué a destiempo a este libro. Quizás por eso me resulta tan difícil dejarme seducir por la promesa de rebeldía y libertad con que Golding atrapa a sus lectores al comienzo del relato para luego desbarrancarlos por la pendiente de los temas que le interesan y que se resumen en la oposición civilización vs. barbarie. Yo sólo soy capaz de ver el esquemático planteamiento, el deliberado uso de símbolos y oposiciones, los engranajes de la trama, los calculados golpes de efecto.

Un grupo de adolescentes y niños aterrizan en una isla desierta. No se sabe muy bien cómo llegaron allí pero la liberación del dominio de los adultos les brinda momentos de exaltación y plena libertad. La resolución de los problemas prácticos más inmediatos no resulta tan difícil puesto que la isla cuenta con abundancia de frutas, hierbas comestibles y chanchos salvajes. Luego de un periodo de armonía y colaboración conjunta, se decantan dos bandos. Uno es liderado por Ralph, quien representa el mantenimiento del orden, la preservación los valores de la civilización (inglesa) en medio de la naturaleza tropical. El líder antagonista es Jack Merridew, quien representa un progresivo descenso al salvajismo y la barbarie, el sacrificio humano y el tribalismo ritual.

Cada lado cuenta con un repertorio de símbolos. En el lado civilizado el símbolo central es una concha marina de potente sonido que sirve para convocar a asambleas en donde las decisiones, empezando por la elección del líder, se toman democráticamente y al voto. Ralph piensa que las reglas son necesarias para la solemnidad de la asamblea, de modo que sólo puede tomar la palabra quien sostiene la concha, y es muy insistente en el cumplimiento de esta norma que evita la discusión caótica y atropellada. El otro símbolo es el fuego, que debe ser mantenido permanentemente como una señal que puede ser avistada por un barco que pase cerca de la isla. El rescate, es decir el retorno a la civilización, es el horizonte que Ralph nunca pierde de vista y se preocupa obsesivamente de mantener.

Jack empieza formando parte de esta sociedad organizada, tomando con algunos seguidores el rol de mantener vivo el fuego y de caza a los cerdos de la isla para que todos puedan comer de su carne y mejorar su dieta frutívora. Pero pronto esta última actividad le hace perder la perspectiva al punto de descuidar el fuego, que está apagado cuando pasa un barco que hubiera podido rescatarlos. Luego Jack rompe con la asamblea, desconoce la autoridad de Ralph y funda su propia tribu en el otro extremo de la isla. Jack y sus seguidores se pintan la cara con barro de colores y con ello borran su rostro humano. Inventan cánticos de caza y danzas rituales de sacrificio de la presa. No tardarán en pasar de la cacería de animales salvajes al sacrificio humano. Simon, un chico con problemas mentales y epilepsia, que vagaba solo por la isla y no pertenecía a ninguno de los dos bandos, termina siendo la víctima de un extraño ritual. Al final Ralph organiza la cacería de su adversario, que se ha quedado sólo pues todos han sido atraídos o coaccionados para pasarse al lado del más fuerte, y para cercarlo quema toda la isla. El orden se restaurará por la llegada de un oficial naval que salva la vida de Ralph y hace avergonzar a todos los demás de sus bestiales acciones.

Moraleja: si acaso –aunque es muy improbable- llegáramos a encontrarnos en una situación de ausencia de autoridad y orden, necesitamos avocarnos rápidamente a construirlos. El orden, las reglas, las conchas, las asambleas, el levantamiento de refugios, el aseo, la cara limpia y el pelo corto, son cosas imprescindibles para evitar convertirnos en bestias salvajes y sanguinarias, peligro que siempre acecha en nuestra oscura naturaleza humana, pero que es posible conjurar con las lecciones de nuestra ejemplar cultura occidental. Y si logran aprender todo esto, no solamente pueden sacar una provechosa lección de vida, sino también una buena nota en el próximo control de lectura.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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