Risas y culos: El pequeño seductor y Macho peruano que se respeta.

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Hembras ricas y chistes, ¿por qué no? Al fin y al cabo, es lo que sostuvo al mítico Risas y Salsa por 20 años. Y funciona, al menos hasta cierto punto: El pequeño seductor hizo 40 mil espectadores en su estreno y cerró con casi cien mil. Macho peruano que se respeta acumuló 68 mil espectadores en su estreno, lo que permite augurar más de 150 mil espectadores, probablemente. No es, ni de lejos, el sueño dorado de Asu Mare, que los directores tienen la simpleza de querer emular en más de un sentido. Wilfredo Sifuentes, director de la primera cinta, afirma que fue un fracaso en la taquilla, y por eso no puede pagar el 20% de las ganancias a los actores. La verdad, parece ser un pillo de siete suelas, como afirma su compadre Barraza, dado que traducidos los espectadores a recaudación, serían unos $400 000. ¿Cuánto pudo costar la película, si evidentemente no destaca por su acabado técnico en fotografía, sonido ni mucho menos en edición, en donde hay algunos gruesos errores de principiante o improvisado? Carlos Landeo Vega, director de la película de la popular ‘Carlota’, es por lo menos más honesto y modesto, ya que con 280 mil dólares de costos declarados, podría recuperar su inversión en la segunda semana, y terminar con hasta un 100% de ganancia. Landeo se muestra, sin embargo, bastante desubicado en cuanto al cine peruano, ya que considera a El vientre, que congregó 214 000 espectadores al final de su ciclo, con los que superaría por cerca de $200 000 las ganancias estimadas de su película, como una película a la que “(la gente] no le dio mucha bola” . Como empresarios, pues, estos directores parecen, o demasiado vivazos, o ni siquiera lo suficientemente sagaces para conocer bien el negocio al que se han metido. ¿Qué podremos esperar de ellos como artistas?

Ambas películas se parecen en que no tienen ni idea de la historia que quieren contar. A través de una brumosa maraña de gags y chistes mal ubicados, de escenas mal resueltas, podemos atisbar la trama, por ejemplo, de un seductor que no puede seducir a ninguno de los bombones que se dedican a desfilar por la pantalla, porque lo acosa el espíritu de su esposa muerta; o de otro seductor que, contraviniendo las sagradas leyes del macho peruano, termina por enamorarse (leer la trama contada por Landeo es instructivo de lo que la película quiso contar, que no es lo que termina contando).

La facilona moral que tratan de comunicarnos estas películas es otra de sus coincidencias. Ambas supuestamente cuestionan la figura del macho seductor que somete a las mujeres a sus caprichos (o para quien la mujer no es más que un capricho), a través del poder mágico y redentor del amor. El macho se enamora y con ello deja de usar a las mujeres. Y no dejan de remarcar el punto, otorgándole retóricamente el poder a las mujeres en estas películas machistas: “Los hombres nos creemos grandes seductores, y al final somos los seducidos”, dice la voz en off de Miguelito Barraza al final de su película, pretendiendo aportar el tono reflexivo. Y un personaje de Macho peruano, interpretado por la vedette Leysi Suárez, dice asimismo: “Los hombres siempre se creen que manejan todo y no saben que ellos son los manejados”.

Pero el camino para llegar a este esclarecimiento final es moral y narrativamente bastante pedregoso. El seductor no duda, en un caso (Barraza), en meterse primero con la sobrina y luego con la hija de sus mejores amigos en su búsqueda del “amor”, más allá de que no logre consumar el acto por intervención sobrenatural. Por si fuera poco, la película inserta a tontas y locas una subtrama en donde el “pequeño seductor” no es otro que el miembro viril del protagonista, por lo que el (frustrado) amor termina confundiéndose con la (frustrada) eyaculación. Y hacia el final, inserta otra subtrama, sin ninguna conexión con las dos anteriores, sobre la competencia entre el amor y el deseo (la formula para que les perdonen una infidelidad: dejen dormir a su flaca toda la noche en una hamaca). Y esta competencia es precisamente la trama declarada de la otra comedia pícara (Vílchez). Más declarada que puesta en escena, ya que dado que absolutamente todas las mujeres que aparecen en pantalla caen rendidas ante los hipnóticos atractivos del protagonista, resulta difícil comprender qué de diferente puede tener la designada para representar al amor, más allá de estar engalanada con unos cuantos valores conservadores (religión, trabajo social). Y mucho más difícil, comprender una subtrama alrededor de una apuesta por conquistar al nuevo hembrón del barrio, tarea que el protagonista arrastra durante días y hasta semanas, cuando evidentemente podría haber ultimado el asunto en 5 minutos. Por último, la película inserta otra subtrama totalmente desconectada (o pegada con goma) para mostrar el conocido talento de Vílchez (y de Rodolfo Carrión, de paso) para imitar personajes afeminados.

Al final de Macho peruano que se respeta, hay una escena donde Carlos Vílchez mira a la cámara y dice: “Ya sé que estás pensando. Quieres que te devuelva tu entrada.” La verdad, me tomó unos momentos comprender que se dirigía a un supuesto congénere indignado porque el macho peruano se haya enamorado. Aunque estoy lejos de ser ese narratario, debo reconocer que Vílchez me leyó la mente.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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