Al filo de la ley

al filo de la ley

Al filo de la ley. como concede Claudio Cordero, representa la ampliación de registro del cine comercial masivo en el Perú. Hasta ahora la fórmula probada había sido la comedia y el terror. Antes del boom actual del cine peruano, en los 80s, el cine de acción había logrado hitos notables. La fuga del chacal ostentaba, antes de Asu madre, el récord histórico por haber llevado al cine a casi un millón de espectadores en 1987.

Dado su éxito comercial, que la proyecta a alcanzar resultados similares a Macho peruano que se respeta, (es decir, que podría bordear los 200 000 espectadores al final de su temporada), tiene el mérito pionero de abrir la vía por la que seguramente transitarán otros policiales de mejor factura y más ambición que este. La cinta logra lo que se propuso (dinero) y se anuncia la segunda parte.

¿Cómo lo logra? Para asegurarse, replica de las comedias exitosas la morosa delectación en el cuerpo voluptuoso de un grupo de vedettes del momento, con la astucia adicional de “estrenar” a Millet Figueroa, quien desde ya puede ir olvidándose de cualquier intento de emigrar basándose en sus dotes actorales, aunque sus innegables dotes para la figuración y el escándalo reditúan hacia la película. Replica también de las comedias la sexualización del protagonista como un macho alpha irresistible para cuanta mujer se le cruce por el camino, aunque es verdad que ver a Renato Rossini y Julián Legaspi imbuidos de este magnetismo animal es un poco menos absurdo y risible que ver a Carlos Vílchez o el Chato Barraza en el mismo papel. Demás está decir que el machismo rampante que trasunta este recurso se ve reconfirmado en el tratamiento poco caballeroso de la trama, como observa Valentina Pérez Llosa.

El otro ingrediente que Renato Rossini, productor y guionista de la película, pone en la licuadora es “El ángel vengador: Calígula”, serie de TV de 1993, que llevó a la fama a sus protagonistas, quienes ahora repiten sus personajes, cambiándoles sólo los nombres, pero sin añadirles un ápice de madurez o sabiduría que reflejen los veinte años que han pasado. ¿Cómo convertir a dos delincuentes en dos policías? No hay ningún problema, porque están “al filo de la ley”. Mal que bien, esta suerte de spin-off de la serie que los llevó a su momento de añorada gloria, apela a un público que recuerda esa época y además se respalda en un éxito probado.

El policial es uno de los grandes géneros narrativos modernos, que se inicia a fines del siglo XIX con Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle. Es decir, la novela policial nace como un emblema del poderío de la razón: son la capacidad de observación y atención al detalle, así como una impecable capacidad deductiva las únicas herramientas con las que cuenta el detective para resolver los crímenes más complejos y alambicados. En algún momento, sin embargo, el cine se dio cuenta de que podía desprenderse del entramado lógico-causal del policial, y quedarse sólo con las explosiones, las fugas, las carreras, los tiroteos, la lucha encarnizada entre buenos y malos que brinda justificación moral a las acciones más violentas. Le llamaron “cine de acción”.

Rodrigo Bedoya ha tenido el acierto de identificar el subgénero específico al que pertenece Al filo de la ley. Se trata del “buddy movie”, es decir, la típica pareja de detectives de personalidades contrastantes que deben unirse -eventualmente llegan a hacerse amigos- para combatir el crimen. Este género está basado en una lógica de tensiones, de contrastes y momentos críticos entre los amigos que deben resolver a la par que salvan al mundo o a una jovencita secuestrada. Pero, como señala Isaac León Frías, aquí no hay ningún contraste, los dos compadres siempre están de acuerdo en todo, se reparten las mujeres salomónicamente, podrían intercambiar sus diálogos sin ningún problema, el único contraste notable es el del color de sus cabellos.

Las inconsistencias de la trama son tantas que alcanzan a alimentar a un arsenal de críticos. A las que han sido apuntadas por los críticos ya mencionados, yo añadiré mis favoritas: ¿Cuál es la motivación que pueden tener los personajes de Rossini y Legaspi, ex-criminales, para colaborar con la policía? Se dice que luchan por su libertad, pero ya eran libres desde el comienzo, viviendo en la selva. Uno de ellos incluso estaba a punto de casarse con una despampanante -cuándo no- muchacha local. Pero llega el teniente y les ofrece devolverles su identidad. ¡Oh alarde de patriotismo! Arriesgar la vida por un DNI, no hay amor más noble a nuestra marca Perú. Mi segunda favorita: ¿Cómo logran, siendo dos completos desconocidos, infiltrarse en la organización narcodelincuencial más poderosa del Perú? ¡Increíble! Nada menos que asaltando los negocios y amedrentando al personal de ese mismo narco a cuya “firma” quieren ingresar. Después se exhiben frente a él con copas y mujeres, y la reacción del narco no es vengarse ni reclamarles por el perjuicio, sino invitarlos a ser parte de lo más selecto de su círculo. Soberbio.

Hay dos detalles, sin embargo, que me parecen interesantes porque reflejan algo muy propio de nuestra cultura, y que serían inadmisibles en el cine de acción americano. Porque allí nunca veríamos a un policía, por más “al filo de la ley” que esté, mancharse las manos de sangre y matar a alguien que está totalmente indefenso (amarrado a una silla) y que además es inocente. Se trata, por supuesto, de la famosa “prueba de lealtad” que les impone el mafioso, y que ellos cumplen sin ningún empacho, a lo más les genera un momento incómodo. El segundo elemento atípico del género es que en el cine peruano la corrupción nunca pierde. Pensando, por ejemplo en Atacada, o incluso, F-27, observamos que cuando se representa la corrupción del poder económico ligado al poder político, parece inviable pensar siquiera que pudiera ser derrotado por adversarios tan enclenques como la justicia o la verdad, a diferencia del imaginario norteamericano, en donde estos valores sí están lo suficientemente arraigados para generar -al menos- la verosimilitud de una película. No cabe duda que el cine, así sea el más desaforadamente comercial, siempre termina por reproducir el inconsciente del país que lo produce.

En el balance final, la película no es tan desastrosa como los críticos han señalado. Para erigirse como la peor película del año -honor que le endilga Pérez Llosa- tendría que superar a El pequeño seductor, cuya capacidad para tratar con torpeza y pésimo gusto cada uno de los elementos que componen el lenguaje cinematográfico parece difícil de igualar. Si se revisa con cuidado los argumentos de la crítica, se hallará que se le reprocha ser una película “de manual”, rutinaria, carente de originalidad y atrevimiento, todo lo cual es cierto, pero no lo es menos que la película hizo su tarea y se deja ver sin aburrirnos, con buen ritmo y algunas escenas bien resueltas. Aprueba con 10.5.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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