La Herencia

herencia El guachimán fue, en el 2011, una de las primeras películas peruanas de la década con intenciones netamente comerciales. Duramente criticada en su momento, logró un éxito aceptable en la taquilla si se toma en cuenta que es previa al fenómeno de Asu madre, que cambió la cartelera nacional. Algunos años después, su director, Gastón Vizcarra, regresa con otra comedia un poco más ambiciosa. Se llama La Herencia.

Como ocurrió con El pequeño seductor, el estreno sirvió para revelar una crisis en el elenco, ya que Tatiana Astengo, actriz protagónica, prefirió abstenerse de cualquier promoción a la película. Una crisis que parece casi predecible y bastante irónica, tratándose de una película basada en explotar cómicamente la disparidad irreconciliable de caracteres, no sólo a nivel argumental, sino también metatextual, ya que al momento del rodaje se lanzó un teaser alucinante, extrañísimo e hilarante donde cada uno de los actores hablaba pestes de los demás miembros del elenco (Christian Ysla es el que más se luce en la crítica mordaz y despiadada de su compañeros). Pero si Gastón Vizcarra, el director, fue atrevido en aquella ocasión, ante el conflicto real se muestra más bien cauteloso (a diferencia de Claudia Dammert, quien no se corta en tratar de “imbécil” a la rebelde).

También cauteloso se muestra Vizcarra con respecto a las pretensiones de la película. Dice que no tiene otra pretensión que la de entretener, hacer pasar un buen momento a la familia. Esta última palabra es clave. A diferencia de las comedias de Barraza y Vílchez, que en boca de sus protagonistas pretenden disfrazarse de entretenimiento familiar cuando evidentemente están dirigidas a un público adulto -y masculino-, Vizcarra sí plantea una comedia familiar. El recurso obvio es poner a personajes de todas las edades (así como también de distintas zonas geográficas y sectores sociales), para que el público pueda identificarse con alguno de ellos. Por otro lado, la comedia familiar (Mi pobre angelito es un ejemplo clásico) es una comedia de situaciones, es decir que el humor no puede depender, como en las mencionadas comedias populares, de chistes de doble sentido, disfuerzos gestuales o repertorio clásico del comediante involucrado; sino que tiene que surgir de situaciones de tensión y distensión, lucha y estrategia, encuentro y desencuentro de los personajes.

Todo esto más o menos lo logra hacer el director, quien parte de una premisa aunque un poco absurda, bastante graciosa y prometedora: El patriarca de la familia ha muerto, y todos sus herederos, legítimos e ilegítimos, conocidos y desconocidos deben reunirse por primera vez en su vida y pasar un fin de semana juntos, para poder reclamar la herencia.

La película acierta en su identificación de estereotipos (porque con estereotipos es que se construye una comedia), algunos bastante originales, como el de la niña chancona o el niño obsesionado con los zombis; otros siempre funcionales, como el del marido “pisado”, la mujer histérica y la mucama sensual; y algunos caricaturescos, como el gay amazónico, que curiosamente es el más gracioso de los personajes. La película también se cuida de ser políticamente correcta y conforme a los tiempos actuales. Así, la madre andina es presentada en forma dignificada, aunque esto la vuelva un personaje anodino; y el homosexual no caricaturesco interpretado por Aldo Miyashiro es quien se encarga, hacia el final de la película, de proclamar la unión familiar que resolverá la crisis matrimonial y permitirá el final feliz. No menos de estos tiempos, que no son sólo los de Carlos Bruce sino también los de Gastón Acurio, es el hecho de que el elemento simbólico de la convivencia pacífica es la comida. Mientras en la primera cena la irrupción de los patos luego del brindis rompe la breve armonía del grupo, la cena de reconciliación es una pachacamanca, carne cocida al calor de la tierra, apta para transmitir sabores pacificadores y vigorizantes.

En muchos momentos, la película carga demasiado la mano a los recursos típicos de la comedia, volviéndolos ineficaces por la sobrexplotación. Un ejemplo de esto es la escena de la piscina, en donde una típica situación hilarante termina volviéndose patética y molesta por la excesiva duración de la escena y por el exceso de cosas que les caen encima a los personajes sin ningún tipo de explicación. Varios personajes están sobreactuados y eso puede molestar a algunos espectadores. Por último, como señala Sebastián Zavala, la edición de sonido es realmente deplorable, ya que todos los diálogos han sido grabados después del rodaje, lo cual además de producir desincronización, elimina el sonido ambiental.

En conclusión, creo que estamos ante una película que cumple con su objetivo, y quizás un poquito más. Lejos todavía de comedias inteligentes como El destino no tiene favoritos o Rocanrol 68, pero felizmente también lejos de las comedias grotescas de Barraza y Vílchez. Nota: 14

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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