La navaja de don Juan

navaja de don juan

La navaja de Don Juan es una simple pero interesante comedia de adolescentes. Trata, en palabras del director peruano-estadounidense Tom Sánchez, sobre

“Mario (Rodrigo Viaggio) y Walter (Juan Carlos Montoya), dos hermanos huérfanos de clase media baja que se disputan la única herencia que les dejó su padre que era policía: una navaja. Pero esta no es una navaja cualquiera. Para ellos este objeto representa la adultez y la virilidad, un tema recurrente en sus conflictos”, refiere.

La película toma prestados varios elementos de la venezolana Hermano, que ganó el premio del público en el Festival de Lima del 2011. El primero es el contraste físico entre los hermanos (que trae aparejado un contraste emocional), aquí no tan radical como en la cinta llanera, pero es claro que se trata de hermanos que no se parecen. El segundo es la extracción social de los protagonistas, que en la venezolana es netamente marginal, con lo que eso implica en la convulsionada Caracas de hoy en día, mientras que aquí ascienden unos cuantos peldaños en la escala social, y viven en el achorado pero tradicional distrito de Breña. Incluso hay una escena de la película en que uno de los hermanos está jugando un partido de fulbito, un claro guiño al elemento central que une y también separa a los hermanos de la película caraqueña: la pelota.

La navaja del título es el objeto simbólico que sirve para construir la narrativa. Don Juan no es el nombre del padre policía que murió entre las protestas sociales contra el fujimorismo, sino el del abuelo, que le deja como legado esta lujosa navaja, para que a su vez la legue a su hijo Mario, el más pícaro y atrevido, por quien el padre parecía mostrar preferencia. Walter, en cambio, es tímido y nervioso, y el único legado de su padre es el color de sus ojos. Después de un flashback revelador, al comienzo de la película los hermanos, instigados por su tío, apuestan la navaja a un juego de pulso, y Walter se convierte en el nuevo poseedor.

Pensando en comedias recientes como La herencia, pero también Asu mare 2, es sorprendente la preocupación del cine peruano por el tema del legado paterno. En el blockbuster de Carlos Alcántara, como ha observado Ricardo Bedoya en su libro sobre las últimas dos décadas del cine peruano, la mansión en que vive el personaje encarnado por Emilia Drago, adquiere tanta importancia en la película porque es el bien patrimonial en disputa en la seducción matrimonial de “Cachín” a la chica de La Planicie. En La herencia, la voluntad paterna es caprichosa y genera el caos y la disputa, pero también -al final- la integración y la inclusión de nuevos miembros de la familia. En la cinta que nos ocupa, no puede ser casual que sea precisamente una navaja, con su carga violenta y callejera, el objeto que representa la tradición patrilineal. En el transcurso de la historia, la navaja de don Juan, en manos de Walter, despliega su potencial amenazante, pero no llega a ser embadurnada de sangre porque es acuchillado primero, en la pierna, por una navaja más moderna, retráctil y automática. El legado paterno, íntimamente ligado a lo aleatorio y azaroso más que al cumplimiento de un orden y un destino, es uno de los temas no resueltos de nuestro inconciente colectivo. En cuanto al otro legado, el racial, la película falla al no subrayar los ojos claros en las breves escenas donde aparece el padre, porque ellos se convierten no sólo en el salvoconducto que le permite a Walter franquear muchas barreras sociales, sino también en el sello de garantía que permite primero el descubrimiento, y finalmente la aceptación de un nuevo hermano extramatrimonial al final de la película.

La posibilidad de la relación entre jóvenes de clases sociales distintas se encuentra totalmente naturalizada debido a la existencia previa de Asu mare. Walter y Pamela, como Mario y Ana (Nathaniel Sánchez, que repite su papel más conocido) pertenecen a la misma extracción social, respectivamente, que Cachín y Emilia. Ahora no hay barreras que superar, sino que es hasta natural que las pitucas se fijen en los cholos, como lo demuestra una de las amigas de la fiesta, que pese a su rechazo verbal y sus gestos de asco frente a su cetrino y fornido pretendiente, no puede evitar una atracción física visceral por él. Incluso las prostitutas callejeras pueden ser invitadas en una fiesta sanisidrina sin que nada llame demasiado la atención.

La mujer es un objeto en disputa, que puede ser engañada, como Vanesa, la novia de Mario; explotada laboral y sexualmente como Caramelo, la prostituta callejera; seducida con suma facilidad, como Ana y también la empleada de la casa, y la misma Pamela, que parecen siempre dispuestas y complacientes. La mujer sólo adquiere agencia para realizar un acto ilícito (Caramelo que amarra a Mario parra desvalija la casa de Pamela) o cuando se produce un fallo estructural, como en el personaje de Irma Maury, que se convierte en la abuela matriarcal, pero sólo debido a la defunción trágica del padre.

Pero quizás estas limitaciones no son sólo de la película, sino de nuestra cultura. Una comedia ligera tiene la facilidad de reflejar nuestro inconciente colectivo como un espejo ligeramente deformante. La navaja de don Juan lo hace con arte y con gracia.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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