Cuento y cine

intimidad de los parques1Cuentos_inmorales caidos del cielo

Puede decirse que la adaptación de textos literarios es connatural al cine. Si en un inicio la literatura sirvió para dotar de prestigio a un arte nuevo sospechoso de no ser más que un espectáculo de atracciones, después de las primeras dos décadas, las relaciones entre literatura y cine han sido estables, estrechas y más igualitarias. Si bien es cierto que la pantalla posee una caja de resonancia que jamás podrá alcanzar la imprenta; también es cierto que la literatura puede permitirse una atención al detalle, una apelación a la reflexión y lo abstracto, y una imaginación sin límites que el cine, en su intensa brevedad, no puede duplicar en todos sus aspectos. Son lenguajes diferentes, se dice, y es cierto, pero con tantos aspectos en común que las comparaciones serán siempre inevitables.

Dentro de la larga historia de las adaptaciones literarias, la novela –y en menor medida, el teatro- ha sido el género predilecto para ser trasladado a la pantalla. Por su ambición y su extensión, la distinción entre cuento y novela parece replicarse entre corto y largometraje. Sin embargo, el cortometraje parece, en general, más reacio que el largo en abrevar de la inspiración literaria. El corto es para los cineastas –mucho más que el cuento para los escritores- terreno de iniciación, experimentación y prueba y por la mayor simplicidad de su estructura, a los creadores no suelen faltarles ideas y evitan muletas literarias.

Hay, por supuesto, notables excepciones. Como también hay, ocasionalmente, el salto directo del cuento al largometraje, sobre todo si los autores han dejado lo mejor de su obra en sus narraciones breves. Blow Up (1966), de Michelangelo Antonioni, y Week End (1967), de Jean Luc Goddard, están inspiradas, respectivamente, en “Las babas del diablo” y “La autopista del sur”, de Julio Cortázar; así como La estrategia de la araña (1970), de Bernardo Bertolucci, y La muerte y la brújula (1992), de Alex Cox, están basadas en “Tema del traidor y el héroe” en el primer caso, y en el cuento homónimo de Jorge Luis Borges, en el segundo. Grandes cuentos que han inspirado a grandes directores, que se tomaron muchas licencias con respecto a los textos originales, pero es quizás así cuando mejor funciona una adaptación: cuando el director deja de preocuparse por la fidelidad y se aboca a la creación de un nuevo producto.

En el Perú no han faltado algunas adaptaciones puntuales de grandes cuentos. El primero que se me viene a la memoria es Intimidad de los parques (1965) de Manuel Antín, que adapta no uno sino dos cuentos de Cortázar: “Continuidad de los parques” y “El ídolo de las Cícladas”. En realidad, no es, propiamente, una película peruana, sino una coproducción argentina con algunos actores y escenarios peruanos. Es también, a mi juicio, un caso claro de adaptación fallida. ¿Cómo podría, para empezar, llevarse al cine un cuento como “Continuidad de los parques”, esa minificción de Cortázar que, como hemos aprendido en la mesa del otro día, tiene elementos sustancialmente diferentes de los de un cuento clásico? Cortázar rompe los niveles de representación e involucra al lector –tanto al imaginado como al real- en la ruptura, haciéndonos pensar en nuestra responsabilidad como lectores, en nuestra complacencia y distanciamiento del objeto estético, en la relevancia de la ficción. La película, quizás sintiéndose avasallada por la concentrada perfección del relato, opta por mostrar a los personajes leyéndolo, en forma fragmentada, procurando dar la impresión de que se trata de un texto más extenso (en forma inverosímil, uno de los personajes se queda dormido mientras su compañera le lee un cuento de 2 párrafos) y tratando de emplearlo como una metáfora de las relaciones entre ellos, lo que podría funcionar si el resto de la historia estuviera bien. El otro cuento de la película, “El ídolo de las Cícladas” también fracasa porque la ambigüedad que Cortázar instala sobre el protagonista y sus motivaciones, y a su lenta transformación bajo la influencia del ídolo maldito, la película trata de traducirla a partir de escenas morosas, encuadres repetidos, gestos tan ampulosos y sobreactuados como los del cine mudo, y una lógica argumental sumamente difusa, al punto que se hace imposible entender la trama si no se ha leído previamente el cuento. Pareciera como si el director tuviera tan grabados los párrafos en su cabeza, que no considerara necesario explicarlos a quien tuviera la desgracia de no haber leído el cuento poco antes de la proyección, sino solamente ilustrarlos con un tono poético que no llega a alzar vuelo. Todo esto complementado con una recurrente mostración de las ruinas de Machu Picchu, que parecen estar en la costa, ya que escenas contiguas se desarrollan en la playa. Intimidad de los parques parece demostrar que una excesiva cercanía o respeto por el autor, terminan ahogando la película.

Distinto es el caso de “El Príncipe”, episodio del filme-ómnibus Cuentos inmorales (1978) dirigido por Pili Flores Guerra, y que adapta el último capítulo –homónimo- de Los inocentes de Oswaldo Reynoso. Este cuento está construido en forma fragmentaria, en base al contrapunto entre el lenguaje impersonal y moralizante de la noticia periodística y el registro coloquial del barrio popular, en donde impera una moral que no es la del respeto a la propiedad privada, sino la celebración de la audacia y el riesgo. Asimismo, se sostiene en el contrapunto entre lo dicho, en las lacónicas declaraciones del Príncipe en su manifestación en la comisaría y lo pensado, a través de un monólogo interior que devela la fragilidad e inocencia del personaje que los demás ven como un héroe o –la otra cara de la moneda- un delincuente. La película no recoge nada de esto y cuenta la historia cronológicamente y ateniéndose a los hechos. Una decisión quizás acertada, dada la dificultad de trasladar en imágenes el cruce de registros que fácilmente permite el lenguaje, pero así también se pierden las sugerencias más sutiles del cuento, en una novela que construye y deconstruye a sus personajes a través del perspectivismo, en donde el éxito se puede tornar fracaso, y la bellaquería, inocencia con el cambio de punto de vista. Una coda para apuntar un recurso en el cuento que podría calificarse de “cinematográfico”, y que la película recoge. El cuento se inicia en la peluquería, donde “Manos Voladoras” está comentando la noticia sobre el Príncipe, y Corsario, uno de los chicos de la collera, hermano de la Gilda de Cara de Ángel, aprovecha un descuido para hacerse con el periódico y correr a llevarles la noticia a sus amigos. La película no se inicia en este punto, pero sí utiliza el robo del periódico como un dispositivo para atravesar la ciudad y mostrar los barrios populares de Lima al son de Fruko y sus Tesos. Es un buen aprovechamiento de un recurso potencial en el cuento para una adaptación. Si Intimidad de los parques peca por exceso de literatura, “El Príncipe” se muestra conservador en su apuesta, extrayendo de la literatura lo mínimo indispensable, y logra así un producto bueno, pero no descollante; acabado, pero no logrado.

Por último, Caídos del cielo (1990), de Francisco Lombardi, cuenta tres historias entrecruzadas, una de las cuales se basa en el clásico “Los gallinazos sin plumas” de Julio Ramón Ribeyro, y las otras dos son historias originales de Lombardi y sus guionistas Augusto Cabada y Giovanna Pollarollo. Los cambios con respecto al original son notorios, ya que se reemplaza al abuelo cojo del cuento por una abuela ciega, pero por lo demás la película recoge con sorprendente fidelidad no solamente la trama sino sobre todo el espíritu del cuento de Ribeyro, en su representación de la miseria material y humana que acecha a los niños, gallinazos sin plumas, que recogen basura para alimentar a un chancho hambriento y feroz. Este relato es el que menos tiempo de pantalla ocupa con respecto a los otros dos de la película, y sin embargo su dureza descarnada nos recuerda que no debemos hacernos ilusiones tampoco con el optimismo del locutor de radio ni con la fina ironía de los ancianos que buscan construir su mausoleo. Todo está condenado al desencanto e incluso a la tragedia, y las historias se iluminan en un juego de espejos que potencia la progresiva gravedad del film. Lombardi logra no sólo representar con justeza y en todas sus dimensiones el cuento de Ribeyro, sino absorberlo y potenciarlo con un marco más amplio. La literatura queda, por fin, al servicio del cine, que se le acerca sin exceso de respeto ni de cautela. Y es por esta vía como puede lograrse una buena adaptación.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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