Una colaboración: Invierno en llamas

invierno en llamas

Jorge Luis Ortiz Delgado

Leyendo una crítica de la recién estrenada Star Wars: The Force Awakens distingo una afirmación inspirada en la concepción que Hitchcock tenía de la calidad de los largometrajes. Y es que el maestro del cine de suspenso asumía que el peso de una película se mide por la calidad del villano, entendiendo que sobre éste se asienta la razón de la acción y se dispara el conjunto de incertidumbres y resoluciones sobre las que gira la historia hasta su desenlace. En la última película estrenada de la saga, dice su crítico, la típica relevancia del antagonista que, de alguna manera, perduró en la trilogía original, no fue aprovechada.

Pero no es la esperada película de J.J. Abrams sobre la que quiero comentar, sino del documental Winter on Fire (2015) del director Evgeny Afineevsky que recibió merecidos aplausos y otros reconocimientos en los festivales de Venecia y Toronto. Pero la referencia sobre el villano es pertinente porque en el filme de Afineesvsky, éste no lo encarna un personaje oscuro, un escuadrón o un imperio. En Winter on fire –el trabajo que registra desde adentro el dolor, el sacrificio y la entrega de los ciudadanos ucranianos sublevados contra su presidente Viktor Yanukovich– la villana, en este caso, es la política del engaño utilizada para medrar con las esperanzas de un pueblo con la falsa promesa de una integración mayor con los países occidentales, los de la Unión Europea, mientras en la realidad, y con acuerdos bajo la mesa, se negociaba con el poder y los intereses de Rusia. Y aquí, la sombra del enemigo, determinado y acechante, se distribuye en varios frentes: entre las fuerzas represivas del orden, los Titushki: un tipo de formación paramilitar, una oposición parlamentaria débil y anuente, y el mismo gobierno de Yanukovich, aglutinando simpatías periféricas prorrusas, distantes de la voz europeísta de Kiev.

La revuelta ciudadana del Maidan, –nombre de la céntrica plaza de Kiev y en donde se congregaron varios sectores de la población entre universitarios, obreros, profesionales, representantes de diversas iglesias y demás personas descontentas con el régimen de Yanukovich–, fue la manifestación ucraniana de inconformismo más sentida en el mundo contemporáneo, inconformismo puesto a prueba cuando su gobierno suspendió la firma del Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea, en razón a la praxis recurrente de los Gobiernos cuando son chantajeados con las prebendas de otros. Desde entonces, y ahora con Gobierno y Parlamento renovados y una mirada internacional más atenta aunque poco eficaz, las treguas dadas entre Ucrania y los separatistas apoyados por Rusia son breves. A esto se suma la debilidad de la Unión Europea en su política exterior ante los acontecimientos en este convulsionado país. No está dando señales claras para tomar las medidas adecuadas ante la continuidad de los ataques y de las violaciones al alto al fuego. Eso es evidente.

Al documental de Afineevsky se le culpa de tendencioso, desde el momento en que las cámaras, todas ellas, asumen un papel protagónico junto a los manifestantes, exponiendo cual ojos acompañantes en las revueltas, la masacre perpetrada por la policía y los provocadores. Se le acusa, también, de apelar al sentimentalismo y a las imágenes sangrientas para privilegiar a un bando del conflicto; sin embargo, y ciertamente, lo que pone en evidencia Winter on fire es la escalada de voluntarismo que empujó a miles de personas a expresar su descontento con un Gobierno que desatendió a gran parte de la sociedad civil respecto de sus ideas y ambiciones de integración a la comunidad de la U.E., a pesar de los desfases económicos y culturales de este mercado común. Al inicio, como queda registrado en el documental, se trató de una tímida convocatoria en Maidan de algunos cientos de jóvenes, algo que, con el correr de las horas, se fue convirtiendo en la más concurrida manifestación de indignados.

Su narración contribuye a la solidaridad del espectador. Vamos contando, uno a uno, los caídos en combate. Fueron poco más de noventa días de disturbios, marchas, fuego, balas y sangre. Un camino tortuoso, entre avances y retrocesos, entre emboscadas y repliegues. Pero también fueron noventa días y más de reivindicación ciudadana, de persistencia en las calles. Las imágenes de la gente reunida en Maidan, frente a la pantalla gigante, viendo cómo se postergaba la cercanía con la Europa integrada, dieron cuenta del despertar de un pueblo cuando se le condenaba al status quo de una democracia deteriorada y de persecuciones políticas; así lo veían desde la U.E. Ésta es una de las virtudes del excepcional filme de Afineevsky, la empatía que genera en el espectador con las razones de la protesta. Además, comprobamos, casi conmovidos, la escasa destreza de los manifestantes en el uso de armas o en el diseño de tácticas para enfrentar a las fuerzas policiales, algo que no impidió la creciente intensidad de la violencia como respuesta a los ataques. Y si hay algo que entusiasma en medio de estas trágicas escenas, inevitable oxímoron, es ver cómo los que salieron a las calles a expresar su pesadumbre se procuraron de fuerza moral y aliento imperecedero, aún en las circunstancias más complicadas, como cuando el cansancio les alcanzaba y eran embestidos por la brutalidad de los uniformados.

Los pequeños testimonios de las caras más visibles del documental, entre ellos, el de un niño desamparado de doce años de edad y el de un joven líder de la protesta, alimentan este trabajo con trazos de humanidad pintados en un lienzo de salvajismo. Ambos buscan una sociedad responsable de sus propias decisiones, para bien o para mal, dueña de su destino. El hostigamiento no los amedrenta, al contrario, lo convierten en combustible de sus nuevas incursiones para hacer llegar su voz hasta la sede del Parlamento.

Las grabaciones no se hacen luego de la revuelta, con imágenes copiadas de noticieros o con resúmenes de informes periodísticos –hubiera sido lo más fácil–, sino desde el mismo lugar de los enfrentamientos. El valor desplegado para registrar cada momento de victoria o de agonía es lo que hace vívida la historia. El documental nos refresca la realidad de un país que luego de conquistar su independencia, aún conserva la tarea de resistir las intenciones expansionistas de Moscú que, por desventura, no sólo llega desde el exterior sino desde las entrañas de su mismo territorio, considerando la presencia importante de rusófilos, del este sobre todo, y su todavía importante dependencia energética de Rusia que condiciona varios acuerdos políticos, entre otros factores.

Fueron y son alrededor de seis mil muertes las producidas en este conflicto, las que siguen aumentando ante la inacción de los organismos internacionales y a pesar de lo pactado en Minsk. Los pedidos de apoyo de Poroshenko –un actor político prooccidental en la cabeza del Gobierno ucraniano, aupado al poder luego de la caída del aliado de Moscú, Yanukovich–, son mantenidos en tono de espera. Hay desorientación entre la U.E y EE.UU. Las respuestas no satisfacen y las relaciones ruso-europeas se complican cada vez más.

En política exterior queda mucho por hacer, el comercio internacional pende de las medidas económicas y políticas acuciantes en la zona de conflicto, pero todo esto es tarea de la diplomacia, los líderes sociales y los políticos de la región; lo que Evgeny Afineevsky nos ha ofrecido con Winter on fire es la posibilidad de acompañar las aspiraciones de la mayoría de los ucranianos, apuntando hacia un horizonte de mayores posibilidades, fortalecido con un modelo de integración en donde las personas y sus propósitos de vida se cumplan avivados por el único y más grande fuego creador, el de su libertad.

 

Arequipa, 22 de diciembre de 2015.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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