El último verano

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El cine peruano arranca el año con 2 estrenos: El último verano, de Sebastián García (ópera prima, el director es hijo del cineasta Federico García Hurtado, director de numerosos filmes en nuestro país desde la década del 70, entre los que destacan Tupac Amaru y Melgar) y No estamos solos, de Daniel Rodríguez Risco (director de la exitosa El vientre el 2013).

Esta última es una película de terror, nicho que en el mercado peruano ya parece haber tocado techo. Los increíbles niveles de audiencia de Cementerio General (2013), Casa Matusita (2014) y la misma El vientre (2013), no pudieron ser replicados por los cuatro estrenos de terror del 2015. Tal parece, como sostiene el blog En Cinta, que el atractivo de ser peruana, es decir, de usar escenarios y leyendas locales (como el cementerio Presbítero Maestro, la casa Matusita o El apóstol de la muerte), que podía atraer al público no habitual del género terror, ha terminado por agotarse. No estamos solos es, hasta el momento, el único estreno anunciado en este género para el 2016. La película no apela a algún referente extradiegético que pueda inducir el miedo; tampoco simula el found footage ahora de moda en el cine de terror por su apelación emocional directa, su apariencia de no-mediación. Lo que hace, más bien, es un recorrido por diversos subgéneros del terror, desde los fantasmas o espíritus condenados por una muerte violenta, la casa embrujada y (novedad en el cine peruano) el exorcismo. La cinta está llena de lugares comunes y recursos típicos del género, pero los usa de manera eficaz, por lo que logra un producto de buena factura, que no sorprende, pero complace. Aún así, queda lejos de la originalidad y lograda carga psicológica del El vientre.

El último verano es una película más ambiciosa, y por ello, su fracaso más estrepitoso. La trama empieza con el intento de seducción de la alumna Chávez (Vania Bludau) a su profesor de actuación, quien, a pesar de rechazar la tentativa, es acusado de acoso y suspendido de su puesto. Vania Bludau, en su primera incursión en el cine, no hace otra cosa que ofrecer largos y morosos planos de su generosa anatomía; queda claro -irónicamente hablando- porqué esta “alumna” reprobó el curso el curso de actuación, ya que no hay tal, sólo una sesión de modelaje. Se comprende la estrategia de poner a la “guerrera” como el gran gancho de la película, pues al no contar con un presupuesto de marketing, la poca publicidad que ha recibido la cinta ha sido a través de entrevistas y reportajes a la última travesura de la Bludau; sin embargo no deja de ser francamente chirriante que una película que se atreve a lanzar discursos pretenciosos y moralizantes contra la decadencia de la televisión, eche mano precisamente de este recurso para afianzarse como producto frente al espectador peruano.

Luego tenemos el descubrimiento del protagonista de la infidelidad de su mujer, lo que lo conduce a pensamientos suicidas, de los que será rescatado gracias a la aparición mágica de Andrea, una joven sensible aunque un poco desequilibrada, que se enamora súbitamente de él. Antonio Arrué compone un protagonista tan apocado, patético y cojudo que resulta sumamente difícil lograr una identificación con él. Su mezcla de cobardía patológica, autocompasión, edulcoración forzada, irascibilidad, arrogancia intelectual y conservadurismo chato hace que resulte imposible no sólo la empatía sino incluso la compasión por su desgracia: merecido lo tienes, por h… La antagonista, Anahí de Cárdenas, entrega una actuación notable, que logra comunicar las corrientes oscuras que se agitan -aunque nunca se desatan- en el fondo de un personaje luminoso y lleno de vida, completamente opuesto al vetusto profesor. Un buen personaje que queda un poco desperdiciado en el sinsentido de la trama y el montaje.

Dos cosas nos llaman particularmente la atención en esta película fallida. La primera es su montaje de collage, de retazos reciclados que se usan y reusan a lo largo de la película. Quizás pretendiendo romper la linealidad de la historia en un afán vanguardista, o quizás simplemente por ahorrarse el rodar más escenas, la película está compuesta de fragmentos, flashbacks y flashforwards, que aparecen y reaparecen, sin llegar a perturbar la comprensión de la línea central del argumento, pero sí provocando hastío por la futilidad del recurso. En tiempos en que tantas películas (como No estamos solos) adoptan la poética de la cita, el homenaje y la parodia, El último verano inaugura en el cine peruano la poética del autoreciclaje.

El otro detalle curioso es su obsesión con el “tren eléctrico”, que aparece no menos de 5 veces en tomas aéreas que puntúan diversos momentos del film; y por supuesto, no podía faltar el viaje de los protagonistas en el Metro de Lima. En una línea pronunciada como irónica, pero que revela el inconsciente del film, Andrea declara que el Metro es “el emblema de nuestra modernidad”.

El último verano es una película que oscila entre la celebración acrítica de la modernidad de trenes veloces y brillantes, de malls iluminados en donde la moda permite el rejuvenecimiento; y las lamentaciones retóricas sobre la falta de relaciones personales de nuestra época y la pérdida de los valores. Es una película que quiere ser conceptualmente moderna, visualmente innovadora y narrativamente vital, pero que termina siendo quejosa, reciclada y patética.

 

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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