La deuda (Oliver’s Deal)

olivers deal

Las producciones extranjeras filmadas en el Perú no son numerosas. Me refiero a coproducciones en donde el componente nacional es minoritario, por lo general limitado a las locaciones, a roles secundarios en el reparto, y a trabajadores de segunda línea en el equipo técnico. Se trata de producciones concebidas y gestionadas en otra parte, para un público distinto al peruano. Pero claro, no se puede simplemente filmar en un lugar, contar una historia sobre ese lugar, sin que esto impregne y moldee también la cinta, así las grandes decisiones de producción se tomen a miles de kilómetros de distancia. El cine es tan material, espacial y colaborativo que la locación importa no menos que la dirección y la producción. Son, por tanto, películas que podríamos considerar parte tanto de nuestra tradición y filmografía como de la de sus países de origen. La dos películas “peruanas” de Werner Herzog, Aguirre y Fitzcarraldo, clásicos absolutos en el cine alemán (y mundial) son quizás el ejemplo más acabado de este pequeño conjunto. The last movie (1971) es una extraña película de Denis Hopper que cuenta cómo la filmación de un western en la sierra peruana termina generando un curioso ritual entre los indígenas de la zona que al final se sale de las manos. Y entre los filmes quizás menos acabados podemos citar la francesa Te quiero (2001) de Manuel Poirier. Hay más ejemplos, pero no demasiados (sobre todo si lo pensamos fuera de la órbita latinoamericana). Ahora La deuda se suma a esta colección de curiosidades, como una película solvente, que haríamos bien en reivindicar como (también) nuestra.

Barney Elliot es un neoyorquino afincado en Lima que llegó hasta aquí por la vía más frecuentada por los extranjeros residentes en nuestro país: la del matrimonio. Realizar su primer largometraje -éste- no fue nada fácil, pero con el contacto clave de un amigo productor en NY que ya había producido varios filmes, consiguió la mitad del presupuesto (el film costó casi $ 4 millones, un monto pequeño para Hollywood, pero que excede a las producciones más caras hechas en el Perú), y además logró interesar a una productora española que puso algunos actores, técnicos y el faltante. El resto fue trajinar las empinadas jerarquías de los actores de Hollywood, en donde hay niveles de acceso y agentes que filtran los guiones a sus representados, y en donde un director novel, más que escoger a su actor ideal de entre un abanico de opciones, lo que hace es asegurar al actor más famoso posible como protagonista, porque de ello dependerá en gran medida el marketing y el destino comercial de la película.

La deuda cuenta la historia de una reventa de los bonos de la deuda agraria peruana, pedazos de papel soberano emitidos por el gobierno velasquista como compensación a los terratenientes por expropiarles sus tierras para repartírselas a los campesinos, pero que de pronto cobrarían valor, según la película, después de la firma del TCL, que obliga al gobierno peruano a honrar esa deuda sino quiere ser sujeto de sanciones en el sistema financiero mundial. La realidad es sólo un poco más compleja, ya que, más que los tratados internacionales, es un fallo del TC es el que obliga al gobierno a cumplir este compromiso. Aún no se ha pagado ninguno de estos bonos, y el gobierno ha declarado que no tiene intención de hacerlo en este año (2016), ya que recién se está implementando el registro de acreedores. Por otro lado, el método de cálculo del valor de la deuda, cuestionado por supuesto por los exterratenientes y financistas compradores de bonos, permitirá que el desembolso no se haga millonario e impracticable, en una estrategia similar a la del pago del Fonavi.

Entonces, un tiburón financiero de Wall Street, Oliver Campbell (Stephen Dorff) ha encontrado el negocio perfecto al comprar a los viejos terratenientes sus empolvados títulos por centavos de su valor para luego obligar al gobierno a pagar el monto completo. Sin embargo, su ambición lo empuja a tener todos los títulos disponibles en el mercado y hay un hacendado, Caravedo (Carlos Bardem) que no quiere vender. Por otro lado, la empresa en la que trabaja Oliver tiene sus propios problemas en la economía global, y su jefe le urge a cerrar el trato con Perú, aún sin terminar de comprar los títulos. Oliver viaja a Lima con el objeto de cerrar el trato con Caravedo, quien a su vez pone como condición la adquisición de las tierras de Pampacancha, que no puede comprar porque uno de los comuneros (Amiel Cayo) se niega a vender su terreno. La película no se desenvuelve linealmente, sino coralmente, con Babel, de González Iñárritu como el gran modelo para contar una historia global.

Un argumento como este permite visibilizar con claridad las conexiones entre el capitalismo financiero global, el capitalismo nacional y los campesinos. En el caso del primero, las materias primas, antiguamente llamadas “riquezas naturales” y hoy “commodities” hace tiempo dejaron de ser objeto de negociación para ser reemplazados por la deuda (agraria, hipotecaria, financiera, etc.) como el nuevo producto básico que se empaqueta, se revende y se vuelve a empaquetar, sin preocuparse en esta cadena de enriquecimiento si esa deuda alguna vez podrá ser cobrada, lo que produjo la crisis económica del 2008. El capitalismo nacional todavía sigue asentado en la propiedad de la tierra, pero mantiene un doble discurso: por un lado la agricultura como motor que permitirá la incorporación de los campesinos al ciclo de producción y riqueza, y por otro lado, en secreto, el verdadero negocio de enriquecimiento rápido: la minería, tóxica y contaminante. Caravedo es tan hábil en enmascarar sus intenciones que logra confundir a algunos críticos desatentos. Por último, los campesinos que sólo tienen un pedazo de tierra que les permite una economía de subsistencia, pero tienen también un orgullo inquebrantable y una suspicacia atinada que les permite ver que no todo lo que brilla es oro.

Si bien queda clara la conexión entre los dos extremos de la economía, la clase media parece no vincularse directamente con estas especulaciones financieras. Es por esto que la historia del hospital, aunque lograda en sí misma y con notables actuaciones del elenco peruano (especialmente Lucho Cáceres y Elsa Olivero), queda un poco desengajada del resto de la película y su conexión hacia el final con las otras historias por obra del azar de las circunstancias parece insuficiente en donde más bien lo que se explora son los vínculos de causa efecto entre realidades aparentemente aisladas y sin conexión entre sí.

En cualquier caso, Oliver’s deal es una película entretenida, bien planteada y compleja que podríamos empezar a incluir como parte del cine peruano.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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