Oswaldo Reynoso (1931-2016)

Hoy me entero que falleció Miguel Gutiérrez y pienso, inevitablemente, que Oswaldo Reynoso no estará allí para lamentarlo. Aliados ideológicos y de escritura, provocadores impenitentes que se resistían a ser asimilados a la oficialidad literaria, ambos fueron el motor de Narración, y más recientemente, de la famosa polémica entre andinos y criollos. Ahora se fueron también casi juntos y yo me pongo a pensar que conocí a Gutiérrez sobre todo por las palabras de Reynoso, a través de las historias que éste contaba de aquél, porque nunca tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con él ni seguí la pista de sus novelas. Cuando se fue Oswaldo, pude acercarme a despedirme de sus restos, pero no logré poner por escrito la pérdida que me embargaba porque estaba, semana tras semana, sumergido -casi literalmente- en la corrección de exámenes. Finalmente, llegó el momento de, más que rendirle un tributo, saldar esta deuda personal. Con Gutiérrez seguiré en deuda por el momento, pues sus apuestas literarias más importantes, como La violencia del tiempo y Quimper, no las alcancé a leer.

El año 1996 ó 97 (frágil es la memoria) hubo un Congreso de escritores en Arequipa. Fue, para quienes nos estábamos iniciando aún en los caminos de la literatura, un evento majestuoso. A diferencia de ocasiones anteriores, en las que el escritor llegado de la capital era de inmediato cooptado por todos los jóvenes interesados en escucharlo y presidía la reunión con la distancia de quien condesciende a contestar unas preguntas, en esta ocasión los escritores, muchos de ellos consagrados y famosos, pululaban masivamente por los patios de “la Casona” (C.C. Chávez de la Rosa, sede del evento), los portales de la Plaza de Armas y las calles de la ciudad. Uno podía abordarlos, entrevistarlos (publicábamos por entonces una página cultural en Arequipa al día que se llamaba “Los ojos del minotauro”) o simplemente charlar con ellos. Allí pude conversar con algunos que ya nos dejaron hace tiempo, como Eleodoro Vargas Vicuña y Carlos Eduardo Zavaleta, y con otros que todavía siguen dando batalla desde diversos flancos del medio literario y con quienes sólo he vuelto a coincidir en eventos similares, ya sin la fascinación del adolescente. Pero también, y sobre todo, fue en esos días donde forjé dos amistades literarias que me han acompañado a lo largo de los años: el crítico Miguel Ángel Huamán, y el narrador Oswaldo Reynoso. En ese primer encuentro -o primeros encuentros, pues hubo por lo menos dos reuniones con un grupo de amigos estudiantes de literatura, una en los altos de los portales, y otra en el famoso bar “24′, cuyos detalles se mezclan en mi memoria- Oswaldo se mostró tal como lo vi muchas veces después, conmigo y con otros: generoso, cáustico, amigable, sin pretensiones, gracioso, fascinante, jodido, magistral.

Curiosamente (o no), fue en esos primeros años cuando más pude frecuentarlo. En ese evento y en posteriores llegadas a Arequipa, donde tenía hermanos y viajaba con cierta frecuencia, sin dejar de visitar la escuela de Literatura de la Unsa; así como también en mis primeros años en Lima como estudiante de San Marcos, pude escuchar las impecables anécdotas con las que capturaba a cualquier auditorio cuando las contaba con ese tono solemne y pausado, calculando cada golpe de frase hasta llegar al remate apoteósico e hilarante. Pude también, a insistencia suya, alcanzarle algunos de mis cuentos, que leyó con atención y comentó con fineza, dándome algunas valiosas sugerencias que no llegué a aprovechar del todo, pues para entonces la escritura y probable publicación de un libro de cuentos habían dejado de preocuparme. Oswaldo odiaba a los críticos y yo iba camino a convertirme en uno de ellos. Quizás por eso -pero sobre todo porque partí a vivir fuera del país- empecé a verlo menos, pero con Oswaldo nunca se puede hablar de distanciamiento, pues la veces que lo pude encontrar en estos últimos años siempre me recibió con la misma redonda y luminosa amabilidad y alegría de siempre.

Pero toda esta experiencia no es un privilegio, o es, en todo caso, un privilegio compartido con toda una generación, con decenas, y acaso cientos de jóvenes -y ya no tan jóvenes- escritores. Por eso tantos de ellos le rindieron tributo en las páginas de los periódicos o en sus blogs, tantos hicieron cola para despedirlo en su velorio, tantos no pudieron evitar la conmoción al enterarse de súbita partida. Yo mismo, cuando me tocó, alguna que otra vez, dirigir a un alumno con inquietudes literarias, llegado un punto en que se necesitaba otra opinión y otra mirada, lo enviaba a tocar la puerta de Oswaldo Reynoso, seguro de que él lo recibiría. Y no me equivocaba.

Pero así como generoso, Reynoso sabía ser firme, hasta fiero. Una vez, en Ajos & Zafiros, me encargaron escribir una reseña de Un mundo sin Xóchitl, de Miguel Gutiérrez. La novela no me gustó y así lo expresé. Pasado un buen tiempo, quizás más de un año, coincidí con Oswaldo y aunque me trató con la amabilidad de siempre, en un momento me sometió a una evaluación sobre mi reseña. Me tomó por sorpresa, pues ya no recordaba muchas de las objeciones que había encontrado a la novela. Traté de recordar las principales y de desarrollarlas con claridad. Oswaldo refutó, retrucó, concedió, preguntó, hasta que finalmente dio por terminado el tema y se largó a contar diversas anécdotas sobre su compañero de batallas. Fue exigente, pero también comprensivo, porque entendió que la reseña no había sido malintencionada, sino reflejaba mi sincera opinión de la novela.

Adiós Oswaldo, hasta siempre. Y perdona que haya tardado tanto en despedirme.

 

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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