Serial killers y slashers

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Lo verdaderamente terrorífico de Halloween (John Carpenter, 1978) es la total anomia de la ciudad y sobre todo de la Policía . Acostumbrados a que un asesino en serie o un psicópata levante todas las alarmas y requiera de los cuerpos de élite de la Policía, de pronto nos encontramos con un loco peligroso que fuga del manicomio (estaba en el hospital psiquiátrico por haber acuchillado a muerte a su hermana a los seis años) y el único interesado en perseguirlo es su psiquiatra, sin ninguna intervención de las “fuerzas del orden”. Tanto así que cuando finalmente el sheriff del pueblo es alertado por el médico de la peligrosidad de este potencial asesino, el uniformado se muestra más molesto por la noche de vigilia que por cualquier evento macabro que pudiera suscitarse.

Nos hemos acostumbrado, desde The silence of the lambs (Jonathan Demme, 1991) hasta CSI: Crime Scene Investigation (2000-2015), pero también desde M (Lang, 1931) hasta Se7en (Fincher, 1995) o desde Psycho (Hitchcock, 1960) hasta El buen Pedro (Venturo, 2012) o Tesis (Amenabar, 1996) a que los serial killers destaquen por su brillantez criminal, por poner en jaque no solamente a sus víctimas, sino también a sus perseguidores; por estar un paso delante de todos; por movilizar decenas de patrulleros y vistosos operativos de captura. En ese sentido, el asesino en serie es el límite del sistema, el que lo desafía y sólo puede ser doblegado con todo su despliegue.

Pero ese es el serial killer del policial, del thriller, porque el slasher del terror es totalmente diferente. También es un asesino múltiple, pero comete sus crímenes en un corto periodo de horas o días y en un territorio reducido. Es un ser básico, brutal; violencia desenfrenada y sin ningún tipo de organización ni método; mal en estado puro que no admite ni siquiera un rostro, por eso los asesinos de este tipo siempre están enmascarados o con el rostro deformado. Por eso, la condición para que el monstruo pueda operar impunemente y deleitar a los espectadores con una orgía de sangre, es que el imperio de la ley desaparezca o se suspenda. En Viernes 13 (1980) o The Texas Chainsaw Massacre (Hooper, 1974) esto ocurre porque las futuras víctimas se internan en lugares muy alejados, rurales, semipoblados, y alejados por tanto de la mirada del orden. En Pesadilla en Elm Street (Craven, 1984) o Chucky el muñeco diabólico (1988), más directamente se suspenden las reglas de la realidad para pasar a las de las lo onírico y lo fantástico, en donde por supuesto no hay policía ni autoridad.

Halloween tiene la reputación de haber configurado definitivamente el slasher film, uno de los subgéneros más robustos del cine de horror. Algunos de sus elementos más vistosos, como la escena inicial desde el punto de vista del asesino, la irrupción del desquiciado en los precisos momentos en que los jóvenes se encuentran teniendo sexo, o la supervivencia de la final girl, se convirtieron en motivos casi obligatorios en la enorme sucesión de imitaciones que siguieron en la época dorada del slasher, hasta mediados de los 80. Pero, junto con estas innovaciones definitivas también quedan en el film algunos rezagos del policial mal digeridos y absurdos. La estupidización de la Policía es uno de ellos, otro es la indolencia criminal de los vecinos, que tras escuchar los gritos de terror de la víctima que sale corriendo de la casa del asesino y los golpes desesperados en su puerta, no hacen otra cosa sino apagar la luz.

En el cine hemos aprendido que la policía es eficiente y está más interesada que nadie en resolver; hemos aprendido que tiene medios infinitos a su disposición para resolver el crimen y que nunca carece de la voluntad de emplearlos. Hemos visto policías corruptos, policías vengativos, policías que toman la ley por su propia mano, policías suspendidos del servicio por su vehemencia y descontrol, pero no policías torpes, desganados, desatentos ni que subestimen el peligro. Por eso esta película falla en la verosimilitud; porque al inventar un nuevo género deja retazos mal resueltos de los géneros de que se alimenta.

Pero sí hemos visto, en otro cine, a esos policías, burocráticos y desinteresados, farsantes y chafas. ¿Dónde? En el cine latinoamericano. En películas como Fuerzas especiales (Chile, 2014) o 777 de Cantinflas, pero también en programas de televisión, novelas y hasta noticieros hemos aprendido que la policía puede ser parasitaria y corrupta, y estorbar más al ciudadano que al delincuente. Si Michael Myers viviera no en un suburbio de Illinois, sino en Tepito, El Once o La Victoria, le creeríamos más al director. Pero habría que seguir pensando el porqué.

 

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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