4 historias de fútbol

Con un estreno masivo, Guerrero se convirtió casi instantáneamente en la película peruana más exitosa del año recién pasado, superando a Locos de amor, La peor de mis bodas y Margarita, que también cosecharon la simpatía local. También podría decirse que fue el estreno más esperado (o más bien, más anticipado) del año, pues la campaña publicitaria comenzó más de 6 meses antes de la apertura oficial. Sin embargo, no fue la única historia de fútbol que llegó a nuestras pantallas el 2016, pues poco antes se estrenó la también nacional Calichín, biografía ficticia de una gloria nacional en decadencia, y meses atrás llegó a nuestra cartelera el primer biopic, de factura estadounidense, del que muchos siguen considerando el mejor jugador de la historia: Pelé, el nacimiento de una leyenda. A esto habría que agregar que el antecedente más similar a Guerrero, en el cine nacional, es una película poco conocida de 1972 sobre una de las glorias de nuestro fútbol, Hugo Sotil: Cholo. Sobre estas películas hablaremos, tratando de trazar algunas conexiones entre ellas.

Partamos del formato, porque una película sobre un futbolista es por antonomasia una historia de éxito, y no cualquiera, sino la historia del que puede llegar a lo más alto partiendo de lo más bajo, la historia de la superación de la pobreza a través del talento, el elogio del carácter homologador y meritocrático del deporte rey, en el cual todo obstáculo puede ser superado con el fino toque del balón. Suele haber también un ayudante clave, un personaje modélico que ayuda al protagonista a encontrar y canalizar su talento. Esas son las premisas, de las que cada una de estas cintas, a su manera, se desvía un poco.

Para empezar, Cholo (1972), de Bernardo Batievsky, es una película extraña. Hugo Sotil se interpreta a sí mismo en una cinta que, sin embargo, tiene tanto (tan poco) de documental como Asu Madre respecto a “Cachín”. La paradójica historia que cuenta es la de un futbolista que no quiere jugar al fútbol. El protagonista no se toma en serio a sí mismo ni a sus habilidades, juega pichanguitas en el parque solamente para hacer tiempo mientras espera una cita, y se muestra renuente a cada oportunidad que se le presenta para integrarse al fútbol profesional. Los directivos y jugadores del Deportivo Municipal van hasta su casa a rogarle que se integre al equipo, y cuando finalmente se decide, abandona los entrenamientos el primer día debido a que el entrenador insiste en llamarlo “cholo”, lo que aparentemente debemos interpretar como un acto de racismo. Cholo podría haber sido la historia secreta de un pintor que terminó siendo futbolista, pero en verdad el personaje muestra tanto desinterés y desapego por los cuadros que pinta (los regala y se niega a recibir algo por ellos) como por el balón. Cholo es la historia de una búsqueda interior, en donde el talento resulta ser un estorbo mientras no se resuelvan los conflictos existenciales. La película termina con el ingreso definitivo de Sotil al “Muni”, sin que lleguemos a ver nada de su brillante carrera en este equipo al que llevó a la primera división, ni mucho menos lo vemos en el mítico Barcelona, en donde jugó con Johan Cruyff. La película termina con una resolución de la voluntad, después de lo cual, parece decirnos, el resto es historia, lo demás es lo de menos.

Pelé, el nacimiento de una leyenda llega bastante más lejos en la trayectoria profesional del ídolo brasileño, ya que concluye en la final del mundial de Suecia 1958, donde Brasil consigue su primer título mundial y Pelé alcanza renombre internacional. En este momento, tiene sólo 17 años y le falta todavía conquistar otras dos copas mundiales (1962 y 1970), pero es indudable que este momento puede considerarse como descollante en su carrera, y es, en efecto, el comienzo de su leyenda. El planteamiento de la película es bastante esquemático. Existen dos estilos de jugar al fútbol. El primero es el europeo, ordenado, medido, estudiado, casi científico. El segundo es el brasileño, quimboso, rítmico, endemoniado, con un nombre casi espiritista: la ginga. Toda la película se desarrolla en el dilema de jugar en uno u otro estilo. Al principio del film se recuerda el “Maracanazo”, (1950) cuando Brasil perdió la final del mundial, en su propia cancha, frente a Uruguay, supuestamente por jugar con ginga. El resto de la película no hace más que reiterar el mismo conflicto, primero en el Santos, y luego en la selección verdeamarilla, en donde los entrenadores apuestan por el estilo europeo y censuran la ginga, pero Pelé no puede sino jugar con el estilo brasilero, con el que, por supuesto, brilla y conquista. Incluso se replica la misma dicotomía entre los jugadores, ya que el opuesto de Pelé es Jose Altafini, “Mazzola”, jugador de clase alta (la película se atreve, falsa y gratuitamente a poner a la mamá de Pelé como sirvienta de los Altafini) identificado con los italianos y enemigo de la ginga. Al final, parece que no nos hubieran contado la historia de Pelé, sino la de dos esquemas tácticos. Hubiera funcionado mejor si el protagonista hubiese sido un DT y no un crack.

Guerrero es la más radical en su escisión biográfica, ya que la película termina cuando el niño Paolo Guerrero ingresa a las divisiones menores de Alianza Lima. La conexión con el Paolo Guerrero actual, quien se ha dedicado a promocionar intensamente la película, se hace de una manera bastante caprichosa, a través de sueños en los que el niño se encuentra y alterna con su alter ego del futuro. Es decir, la cinta no encuentra mejor recurso que literalizar la expresión tener sueños, que significa tener ilusiones y metas, pero aquí los sueños, sueños son y el Guerrero actual puede comentarle al Guerrero niño lo buena que está su flaquita. Por otra parte, el niño Guerrero no tiene nada del dilettante Cholo ni del conflictuado Pelé: sabe perfectamente que lo que quiere ser es un gran futbolista y que no parará hasta lograrlo. La carencia, o desviación, viene por el lado del modelo. Si el Cholo tenía su mecenas que lo alentaba a seguir adelante, y Pelé a Waldemar de Brito, vieja gloria nacional que le confirma que la ginga es la forma auténtica de jugar en Brasil, en Guerrero los diversos personajes que se ofrecen como modelos parecen adolecer de alguna carencia. La madre castiga la vocación futbolística de su hijo, incluso le esconde la pelota, porque considera que lo perjudica en los estudios. El padre, exfutbolista, le espeta algunas expresiones duras y desalentadoras y no apoya sus emprendimientos con el equipo de su colegio por considerar que está perdiendo su tiempo fuera de los clubes profesionales. El entrenador lo somete a una exigencia excesiva y sin contemplaciones. Claro que todos ellos tienen también aspectos positivos y alentadores, pero ninguno llega a erigirse como un modelo que guíe a un niño aún inseguro e inquieto. La figura más cercana podría ser el director del colegio Los Reyes Rojos, Constantino Carvallo, quien lo beca y lo apoya, pero su interacción no es tan constante como para llegar a ser un mentor.

Por último, Calichín no cuenta la historia de un futbolista real, sino uno ficticio, y quizás por eso mismo no está preocupada por los orígenes, como todas las anteriores, sino por el final de la carrera futbolística. Calichín es un ex-crack en decadencia, desempleado y recursero, quien es contratado como refuerzo en un equipo de pueblo en la sierra peruana. Calichín juerguea toda la noche, llega a los partidos cargado en carretilla (literalmente) y hace goles mientras tambalea por la cancha. Como dice Ricardo Bedoya:

“Calichín” resume un anhelo nacional: el del triunfo futbolístico obtenido a pesar de las juergas acumuladas en tantas noches. La realización de una fantasía de éxito y reconciliación que disuelva, como por encanto, las consecuencias del relajo, la indisciplina y las chelas apuradas a escondidas. (Bedoya)

Porque el éxito que cuenta Calichín no es futbolístico, sino moral. Es la historia de la redención de un juerguero impenitente a través de la aparición milagrosa de su hija. (Habría que ver qué madre encargaría a su hija, por varios meses, a un padre borracho y mujeriego a quien no ve hace 7 años). En ese sentido es más una película de redención moral a través de la inocencia del niño (todo un género: En busca de la felicidad, León el profesional, Un mundo perfecto, El campeón, Kolya, y también Margarita, ese dulce caos, peruana) que de fútbol. Sin embargo, tiene un motivo netamente futbolístico que abre y cierra la cinta. Es otra metáfora: dejar la vida en la cancha. Al principio de la peli, el protagonista cuenta -en off- un sueño recurrente: el de conseguir la jugada perfecta, impecable, la mejor de su carrera, que compre la gloria pero que al mismo tiempo cueste la vida. Al final no se llega a realizar del todo, porque, claro, es una comedia y no puede terminar con una nota tan trágica, y además aparece la niña con su poderes mágicos, pero no deja de ser interesante el amago.

Paolo Guerrero adulto le dice en un momento a su doble infantil que aún no ha cumplido todos sus sueños, que le faltan algunos, entre ellos el de clasificar a un mundial con la selección. Es el sueño de todos los peruanos. Es el sueño de la transferencia del éxito individual a un colectivo, la ilusión de que todos podemos sentirnos orgullosos por haber cosechado un triunfo aunque nunca hayamos pisado la cancha y ni siquiera la tribuna. Mientras ese momento llega, el cine puede cumplir la misma función: hacernos soñar con los triunfos

de un personaje como si fueran propios.

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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