Wi:k y La última tarde

Con pocas semanas de diferencia se estrenaron en Lima las que pueden ser consideradas, desde ya, las mejores películas peruanas del año, aunque todavía hay que esperar lo que tenga que decir Rosa Chumbe, que podría ganar un premio aparte a la película con mayores dificultades para su distribución. Ambas películas muestran que el llamado cine independiente puede usar diversas estrategias y recursos (desde los diálogos en apariencia triviales y anodinos de Wik hasta los perfectamente aquilatados de La última tarde), tener diversos ritmos (dilatado en Wik; tranquilo, pero con una carga de intensidad en La última tarde), distintas locaciones (las calles de Lince, que se presentan en tomas fragmentadas, distrito cuyo deterioro y sensación de modernidad incompleta tiene mucho que ver con el estado de los personajes; las calles de Barranco, en elegantes planos secuencia, cuyos colores vistosos y arquitectura añeja contrastan, pero también sirven de bello marco para los sentimientos turbulentos pero reflexivos de los personajes) distintos temas (uno generacional; el otro político y nacional); pero al mismo tiempo ambas comparten la vocación de alejarse de los valores de producción más vistosos, para centrarse en los personajes, en los diálogos que los construyen y que fluyen con una naturalidad que se ha conseguido, en ambos casos, involucrando a los autores en la reescritura del guión.

Ambas, además, tienen referencias muy marcadas, escriben dentro de un género. En el caso de Wik, la referencia es el cine de Pablo Stoll, Adrián Caetano, Pablo Trapero, Carlos Reygadas y Lisandro Alonso; también Andrew Bujalski y los hermanos Duplass. Es decir, un cine de la cotidianeidad, de los tiempos muertos, de diálogos que no destacan por su brillantez e ingenio, sino por su frescura y naturalidad. No malinterpretemos: en este cine pasan cosas, se cuenta algo, y las cosas que experimentan los personajes son importantes para ellos y pueden transformar su vida; pero estas experiencias determinantes están inmersas en la cotidianidad del día a día, en el tiempo, no están editadas de modo que sólo veamos las escenas clave de una vida o de una historia, sino sumergidas en el tiempo, y por eso son tan cinematográficas, es lo que Deleuze llamaba “la imagen tiempo”, aparecida con la vanguardia italiana y francesa de los 60, ya que el cine anterior  estaba dominado por la “imagen movimiento”. En el caso de La última tarde, la referencia es el cine de Richard Linklater, Nikita Mikhalkov y Abbas Kiarostami, según declaración del director. No es tan diferente del anterior, pues el ritmo es también distendido, igualmente alejado de la acción incesante de la mayoría de películas de Hollywood. Pero en este caso, el énfasis no está en los tiempos muertos y en la riqueza de la trivialidad; sino en el estudio profundo de caracteres, donde los diálogos no sirven para llenar el tiempo, sino para revelar aspectos de los personajes, en un proceso de descubrimiento conjunto del espectador y los personajes de la pantalla, que por lo mismo permite revelaciones esperadas e inesperadas, algunas sorpresas que van imprimiéndole un ritmo más fluido, tolerable para quienes no están acostumbrados al cine más lento. Sin embargo, ambos filmes no se limitan a seguir los modelos que escogen, sino que los habitan creativamente, los usan para hablar de cosas que les interesan: la generación de jóvenes de los 90, epoca de crisis en el país, para Wik; y el conflicto armado interno (uno de los grandes temas del cine peruano) para La última tarde.

Wi:k es cine de guerrilla, como denomina su director, Rodrigo Moreno del Valle, a un cine que se hace con mucha voluntad y casi ningún presupuesto. Cine de guerrilla, hay que recordarlo, es el nombre que le pusieron al suyo los cineastas del Tercer Cine, como Fernando Solanas y Octavio Gettino, de contenido netamente político y con una producción artesanal. El contenido político no suele funcionar tan bien en estos tiempos, lo más parecido al cine de guerrilla de los 60 podrían ser los primeros documentales de Ernesto Cabellos, que denuncian la situación de la minería y el agro y el eterno complot de las transnacionales; otros documentales que han tenido más éxito, como La hija de la laguna, del propio Cabellos y Bagua, choque de dos mundos, de Mathew Orzel y Heidi Brandenburg combinan la denuncia política con un fuerte componente de estudio antropológico, lo que les permite un mejor resultado estético y una apelación más amplia. Lo que no ha cambiado es la voluntad guerrillera de hacer cine, las ganas de hacerlo aunque no se tengan los recursos, un cine que quizás ya no ayudará a cambiar el mundo, pero sí la vida de alguien que lo vea, o de quien lo produce.

La última tarde es una película ambiciosa, porque pretende contar en forma nueva una historia ya bien conocida, y sin duda lo logra. Porque la perspectiva desde la que no se ha contado esta guerra es, por supuesto, la de quienes participaron en ella, especialmente del lado de la subversión, ya que ellos no han obtenido el derecho a contar su versión de la historia (en el documental sí se han hecho ensayos interesantes, particularmente Sibila, de Teresa Arredondo, quien retrata y cuestiona a su tía, y en menor medida Alias Alejandro, de Alejandro Cárdenas, que en cierto modo reivindica a Peter Cárdenas Schulte, aunque solo porque este se muestra arrepentido de sus errores). Algunos, como Movadef, exigen ese derecho sin cambiar un ápice las convicciones que al final llevaron al país al despeñadero. Quizás, aún así, deban tenerlo. Pero otros se lo han ganado con su descreimiento, con su desencanto del discurso revolucionario, lo que no los ha llevado, obviamente, a abrazar tampoco la historia oficial. Uno de ellos es José Carlos Agüero, libre de culpa y sin nada que ocultar, pues no es exsenderista sino hijo de senderistas, y una de las personas que ha reflexionado más agudamente sobre ese periodo traumático de nuestra historia. Su libro Los rendidos fue, precisamente una de las inspiraciones del director, así como también del actor Lucho Cáceres para comprender al protagonista.

Una pareja que vivió intensamente el amor y la guerra popular y que terminó abruptamente se encuentra después de 19 años para firmar sus papeles de divorcio. ¡Cuántas cosas tendrán por decirse! Hablar del presente, del pasado para ir llenando los inmensos vacíos de esos 19 años que transcurrieron, para cada uno, en diferentes lugares, con diferentes personas y ocupaciones, para llegar, finalmente, al pasado compartido, y al momento de la ruptura. Ruptura que no fue solo la de la pareja, sino, semanas más tarde o más temprano, la ruptura con la militancia, el abandono del proyecto violentista en el que se habían embarcado, y del que partirán en direcciones muy diferentes. La información es administrada en forma magistral, porque además de mantener el interés con cada nueva revelación, logra que todas ellas se compongan con absoluta naturalidad, mostrándonos en distintos momentos sus diferencias políticas, sus profundas diferencias de carácter, los traumas que han tenido que atravesar en esa vida que dejó de ser compartida, las pocas cosas que han logrado sobrevivir al tiempo, etc. Las impecables actuaciones de Katerina D’Onofrio, en un registro más extrovertido pero nunca exagerado;  y de Lucho Cáceres, más reconcentrado y un poco cínico, crean una química de tensiones, y la cámara se luce con los travelings.

A diferencia de otras películas recientes sobre el tema, La última tarde entiende el asunto de la violencia política no como una forma de captar el espíritu de una época (Av. Larco)  ni de dar lecciones de historia a las nuevas generaciones (La última noticia), sino como algo sobre lo que debemos seguir reflexionando y haciéndonos preguntas, evadiendo las respuestas fáciles y los tonos sin matices. Y por esto es importante y actual.

Un reparo importante: el final de la película podría calificarse, piadosamente, de inesperado, sino fuera, en verdad, tirado de los cabellos. Ya desde la escena anterior en el baño, la película había empezado a estropear el cuidadoso tejido causal que había tramado durante una hora y media, pero la escena final no tiene justificación alguna, a no ser que uno se ponga a buscarla en las entrevistas del director. Como deleted scenes hubiera estado buena, lástima que no encontró la que la reemplace.

 

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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2 respuestas a Wi:k y La última tarde

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