Veganos y cristianos

veganos cristianos

Debo confesar que no soy muy amigo de los vegetarianos. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no pueda tener amigos vegetarianos, que, de hecho, los tengo. Pero sí evito hablar sobre comida con ellos, como evito hablar de política con mis amigos y parientes fujimoristas. Lo que me incomoda no son sus elecciones alimenticias, sino su “rollo”, su afán proselitista del que hablaba García Márquez. Desde la época en que GGM escribió esto, los vegetarianos se han multiplicado enormemente e incluso ha surgido una tendencia, relativamente reciente, de vegetarianismo más radical y proselitista: los veganos. Para quien no lo sepa, un vegano es alguien que, además de rehusar la carne, rehúsa también cualquier producto de origen animal, como los huevos y la leche. Pero, en realidad, es más que eso. Un vegano es un vegetariano con esteroides, un vegetariano inflamado, siempre listo a levantar sus banderas en favor de la salud y la limpieza del cuerpo y/o en contra de la crueldad animal.

Como dicen, cada loco con su tema. Pero hay una tendencia dentro de la comida vegetariana (que por lo demás, sí puede ser variada y sabrosa, yo no practico la exclusión, sino la inclusión gastronómica) que me parece particularmente absurda y por ello me interesa comentarla. Es la obsesión vegetariana por la carne. Sí, por la carne. En muchos restaurantes y menús vegetarianos se ofrecen platos y productos aparentemente carnívoros: hamburguesas, tallarines a la bolognesa, lomo saltado, hasta parrilladas. El sobrentendido es que esos potajes están elaborados con esa pasta blanda y desabrida que se ha dado en llamar “carne” de soya. Y en países en donde la cultura vegana está más extendida, también están disponibles la “leche” de almendras y los “huevos” de algas. Tal parece que los vegetarianos y veganos están orgullosos de demostrarnos que ellos no se privan de nada, que pueden comer exactamente las mismas cosas que cualquier omnívoro. Y es ahí, en esta obsesión mimética, donde resalta precisamente su flaqueza. Porque nunca se extraña más la carne que cuando se mastica la carne de soya, nunca se añora más la leche que cuando se ingiere un vaso de leche del mismo producto. Mientras que una tortilla de patatas o unos champiñones a la parrilla son platos capaces de complacer a cualquier paladar, una hamburguesa vegetariana está hecha solo para vegetarianos, para consolar a quienes por razones médicas deben privarse de los productos originales, o para reforzar la autoestima de quienes por razones ideológicas rechazan los mismos.

Hace poco asistí a una boda cristiana y pude observar el mismo fenómeno. Para los cristianos el producto proscrito y tóxico no es, por cierto, la carne (aunque hay algunas corrientes que la emprenden contra el cerdo, siguiendo las prescripciones del Levítico), sino el alcohol. Y nuevamente sale a relucir el mimetismo, en este caso, de los usos paganos. Cocteles de algarrobina, daiquiris de fresa y de durazno, hasta machu picchu, todos con los mismos colores y formas de cualquier matrimonio católico (porque los católicos, a diferencia de los autodenominados “cristianos” sí tienen permitido consumir alcohol, se supone que con moderación). En vez de ofrecer sustanciosos batidos o creativas combinaciones de frutas como sería propio de una juguería, se esfuerzan por replicar en todo lo posible las bebidas originales, con el predecible efecto de que, como dice la frase común, el alcohol brilla, más que nunca, por su ausencia. En los países “desarrollados” se ofrece, para este público, o cualquier otro que por razones médicas, ideológicas o de edad, no pueda consumir licor, cerveza y vino sin alcohol, que son las bebidas más insípidas y tristes que puedan existir.

Quizás veganos y cristianos debían entender que una restricción puede ser, paradójicamente, una ampliación de las posibilidades expresivas. En arte es un principio conocido que una limitación formal (por ejemplo, la métrica y la rima en la poesía; o la ausencia de color en la fotografía y el cine) puede producir resultados más sutiles y elaborados que cuando la libertad de expresión es absoluta. Liberar las posibilidades de procesamiento y combinación de los vegetales y frutas, que en un plato carnívoro siempre tienen un rol subordinado de “acompañamiento”, darles verdadero protagonismo, es más interesante que imitar los platos en los cuales la carne es, por algo, el ingrediente principal. Hay comida vegetariana -y vegana- que hace justamente esto, y es aquella que puede resultar más atractiva para paladares no militantes, pero interesados en probar nuevos sabores. Como hay deliciosas bebidas a las que nunca se nos ocurriría añadirle alcohol. Si uno considera que lo que hacen otros es incorrecto, insalubre o dañino, ¿para qué imitarlos?

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Acerca de jdetaboada

Arequipeño. Sanmarquino. Doctor en Literatura en Harvard University. Especialista en cine latinoamericano. Profesor en UPC e Investigador en Casa de la Literatura Peruana. Miembro fundador de AIBAL. Email: jdetaboada@yahoo.com.ar
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